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La desgracia nos ha unido

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Me cae bien ese par de bribones que de lunes a viernes piden limosna en el mercado. Llegan desde muy temprano. Uno en silla de ruedas y el otro lo viene empujando. Y digo bribones porque, la verdad, tengo la impresión de que no son ajenos a cualquier tipo de maña que implique granjear la misericordia de sus semejantes. Y es válido. En esta vida, cuando los satisfactores no están a la vuelta de la esquina, el ingenio nos rescata.

En una ocasión, mientras arribaban, los vi riendo a mandíbula batiente. Me llamó la atención. La felicidad que en el rostro desplegaban no correspondía a la lastimera forma en que se vestían. Y es que, la verdad, sí tienen facha de limosneros. Como los clásicos. Como los de antes.

Para empezar, la vestimenta –raída hasta no más-, es la adecuada para despertar lástima en los demás. El rostro ni se diga. Piel reseca, con zonas hundidas –las mejillas sobre todo-, los pelos del bigote, puntiagudos, rebeldes, salen disparados hacia todos lados; en las encías les faltan varios dientes, tanto, que cuando ríen, sus bocas parecen oscuras cavernas de las cuales en cualquier momento parece que emergerán murciélagos y demás bichos atemorizantes.

De que están bien disfrazados, lo están. Uno los ve y por más hijo de la tiznada que sea, la compasión emerge de inmediato.

Al llegar al sitio en el que instalan –la entrada del mercado-, se vuelven las personas más serias del mundo. Ponen caras mustias y hunden la cabeza entre los hombros. La actitud ideal para gorrearles unos cuantos pesos a las damitas, todo buen corazón, que acuden para hacer sus compras. Y les funciona. No les va tan mal que digamos. Constantemente suena el recipiente de plástico que colocan en el suelo y que, estratégicamente, es vaciado antes de que quede hasta el copete.

Me caen bien porque son limosneros a la antigüita, de los que no le hacen el feo a un taco o una torta que provenga de un alma caritativa. Ellos engullen lo que les den. Lo he visto, no me lo han contado. Comen como si llevaran un mes sin ingerir alimentos. Y eso le cae bien a la gente. No hay nada más tierno, no hay algo que reconforte más con la vida, que ver a un par de indigentes devorando hasta sus dedos.

Y son tan profesionales, que cuando ven venir a la gente, uno de ellos suspende la ingesta, extiende la mano y susurra lastimeramente: “Una limosna por el amor de Dios”. Y así se la van turnando. Y eso me gusta. Tanto, que, sin pensarlos dos veces, lo compenso compartiendo con ellos las monedas que llevo en el bolsillo. Y es que esa frasecita ya se estaba perdiendo. Ya los limosneros actuales no la utilizan. Tontos. Supieran el certero dardo en que se convierten cuando son bien dirigidas.

Lo que me gusta de este par de menesterosos –lo digo en serio-, es que son a la antigüita. A diferencia de los actuales, ellos no llegan, se te plantan en las narices y abren la camisa para mostrarte que ahí cargan la diálisis que les hicieron. Cosa que en vez de causar compasión, asusta y uno no atina a otra cosa más que a lanzarles unas monedas y salir huyendo como alma que lleva el diablo buscando en dónde expulsar todo lo que llevas en el estómago. No son como esos que, en el semáforo, llegan y te golpean insistentemente el vidrio del carro para que los atiendas, provocando que en vez de compadecerte de ellos tengas unas ganas inmensas de bajarte, patearles el trasero y decirles que vayan y busquen un trabajo con el cual poder mantenerse. Tampoco son como los que colocan un gafete en el pecho y salen a esquilmar a cuanto conductor menso encuentren en el camino.

No, ellos son tal cual. Limosneros de los de antes. De los que te ablandaban el corazón con solo dirigirte la mirada. A los que no les dabas la vuelta, sino que te detenías darles unas monedas y a hablar con ellos. A los que incluso podías convidar cuando llegaban e ingerías los sagrados alimentos con la familia en pleno.

Son unos bribones. Lo intuyo. El sistema que emplean, para empezar, es de la llamada semana inglesa. De lunes a viernes. No dan golpe ni sábado ni domingo. Y eso, que envidia, ni yo ni usted podemos practicarlo, porque no comemos. La silla de ruedas, a veces me da la impresión –no sé por qué, quizá porque siempre pienso mal y generalmente acierto-, de que es de pura utilería. -¡Uf!-, ojalá y no esté pecando al pensar esas cosas. No quiero ganarme el infierno imaginándome que son unos bribones cuando en realidad son unos “angeles”.

Y, bueno, si finalmente son unos pícaros, no importa. En esta vida hay que usar ciertos trucos para la digna sobrevivencia. Ellos no roban, no matan. Ellos se ganan la vida implorando la misericordia de los demás. Y en esa situación estamos casi todos. Luego entonces, ¿hay alguien que pueda lanzar la primera piedra?

La desgracia nos ha unido. Es todo. Tan, tan.

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