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Un domingo espléndido (de inicio)

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El domingo, de inicio, fue maravilloso. Pintaba para un día extraordinario. Con un calorcito que por ratos se pasaba de la raya, pero nada de otro mundo, nada que una “six” recién salida de un congelador no pudiera remediarlo.

Parecía, de veras, un domingo de milagros. Un domingo en el que todo podía pasar. Presagiaba en todos los sentidos ser un día esplendoroso.

Y vaya que, de inicio, lo era. En el mercado, ya desde muy temprano, decenas de personas sacaban a relucir el motivo de que ese día fuera diferente a los demás domingos. Portaban sus playeras verdes, las del seleccionado patrio, y llevaban rostros de plegaria incesante. De vez en cuando ponían cara de “¡sí se puede!” y luego sus rostros volvían a adquirir ese rasgo inequívoco de que invocaban la benevolencia de todos los santos que orbitan en las alturas.

Ese domingo, de inicio, parecía que traería buenas nuevas. Tenía fachas de que el destino algo maravilloso nos tenía resguardado. Algo presagiaba que de ese domingo nos acordaríamos el resto de nuestras vidas.

Y a los tipos del mercado poco les importaba que sus playeras no tuvieran nada de originales -¿qué querían por cien pesos?-, Poco les interesaba que de pronto ingresara a ese laberinto en que se convierte un pasillo de mercado algún fulano que presumiera sus buenos ingresos portando un uniforme de buena marca –la patrocinadora-, del selectivo mexicano. El chiste, a fin de cuentas, era sacar a relucir la confianza, la esperanza de que los muchachos del desquiciado “Piojo” Herrera consiguieran la gran hazaña.

El domingo, en sus primeras horas, de veras, era esperanzador. Parecía que nos tenía algo bueno reservado. Parecía que, por fin, nos pondría en bandeja de plata algo por lo que siempre habíamos suspirado: Un bien merecido triunfo ante un equipo de los grandes de a de veras.

El domingo nos amanecimos pensando que todo era posible. Que si un equipo tan nada de otro mundo, tan tercermundista como lo era el de Costa Rica había puesto a temblar a tres potencias, el seleccionado tricolor bien podía poner de rodillas a los arrogantes holandeses.

Nos amanecimos “analizando” que el mundial de Brasil es un torneo para los equipos chicos, para esos que se conforman con no ser goleados, para esos que representa un “triunfo” de excelso nivel el no recibir media docena de goles en su portería. Y entonces nos dijimos “¡sí podemos!”. Si Costa Rica, Chile y Colombia le han hecho ver su suerte a los mejores equipos del continente europeo, pues nosotros también podemos.

Y fue entonces que mientras más transcurría la mañana, la ilusión del triunfo más se encajaba en nuestros pensamientos. Y, lo que es la magia del fútbol, hasta a esas horas del día no había niveles, no había clases sociales a quienes el gusanito patrio no les aflorara casi partiéndoles el pecho en mil pedazos.

Luego de ver cómo los chilenos arrodillaron a los brasileños hasta hacerlos gemir, hasta hacerlos llorar a moco tendido, sabíamos que poniéndole muchos…, se podía alcanzar el objetivo.

Llegada la hora del encuentro, el problema era en dónde arrinconar los nervios. Imposible encajonarlos, imposible dominarlos.

Y el juego, como la mañana que ya iba quedando atrás, de inicio, fue extraordinario. Todo era cantar y coser, con un equipo mexicano asumiendo el control de las acciones. Con un equipo tricolor atacando y defendiendo como manda el protocolo.

El gol de los connacionales fue una maravilla. Motivó un grito de júbilo que se oyó por todos los rincones de esta –como diría el poeta-, nuestra suave Patria.

Y llegamos a pensar que los teníamos bien controlados, que el partido era nuestro, que el triunfo ya estaba en las alforjas, que el tan ansiado quinto partido ya estaba esperándonos a la vuelta de la esquina.

Pero algo falló. Nuestro castillo de naipes, ¡plum!, se derrumbó estrepitosamente. De pronto en un abrir y cerrar de ojos nos quedamos sin nada entre las manos. Echándose un “clavado”, dicen los expertos, un tal Robben nos escamoteó un triunfo tan largamente acariciado.

Y, ni modo, como el chinito, de nueva cuenta nos quedamos chiflando en la loma. Como siempre, tuvimos que resignarnos con el ya clásico: “en la próxima la haremos”.

El apodo del “ya merito” nos sigue quedando a las mil maravillas. Nos encaja por completo. Ya hasta lo patentamos para que nadie nos lo gane.

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