Amaos los unos a los otros

cotidianerias2
(Se la dedico –no sé por qué-, a Gabriel García Márquez)

Fue en Semana Santa. Lo recuerdo bien. Y podría sonar a herejía, pero, les comento, en el pueblo las únicas fechas relevantes, que digamos, son el “Día de la Madre” y la “Noche Buena”. De ahí en adelante pasan de largo todas las fechas para festejar que nos indica el calendario.

La “Semana Santa”, en ese pequeño pueblo en donde un día nos acurrucamos toda la familia –hacía un frío del demonio el día en que llegamos-, no pasaba de ser una misa el domingo, si es que la mente no me está fallando, y párele de contar. Y tampoco había católicos de televisión (la razón es sencilla: no había televisores en el pueblo), como ahora, que la mayoría se “chuta” “El Rey de reyes”, “El mártir del calvario”, “La pasión de Cristo”, etc., etc., en vez de ir y cumplir religiosamente con las actividades que para tal efecto ha dispuesto la congregación a la que pertenecen.

Recuerdo que un cura llegaba de Chetumal, se bajaba del carro y corría a colocarse los arreos, mientras apuraba a todos los demás que tomarían parte en el ritual eclesiástico. Terminaba la misa y el clérigo, como alma que lleva el diablo, procedía a transformarse en ser humano común y corriente para enseguida salir volando de nueva cuenta con rumbo a la ciudad.

El catolicismo, en esos tiempos, andaba por los suelos, no levantaba vuelo, de allí que los dos templos evangélicos tuvieran una feligresía de enormes magnitudes. La Semana Santa, por lo tanto –he de decir en mi descargo-, era un cero a la izquierda para la mayoría de quienes habitábamos en el “Kilómetro 71”.

Fue un sábado, lo recuerdo al dedillo -¿cómo olvidar algo así?-, cuando sucedió lo que tenía que suceder alguna vez en mi existencia. Debería haber sido, digámoslo así, mi sábado de gloria.

Por la mañana habíamos visto el tradicional desfile que hacía “Cochá”, el lenón del pueblo, que acostumbraba ir a Chetumal muy temprano, enganchar a dos chicas del tacón en los alrededores del mercado, y luego retornar para bañarlas, llenarles de bilé y polvorete sus respectivos rostros, y enseguida salir con ellas a la calle. Era todo un suceso para nosotros ese peculiar “desfile”, molzabetes al fin, que deseábamos arrasar con todo el sexo opuesto y para nuestra desgracia –pueblo chico, infierno grande-, eran tiempos en el que los papás encerraban bajo siete llaves a sus hijas y cuando no lograban del todo el cometido, la mejor solución era propinarle una buena paliza al osado pretendiente.

Las chicas de “Cochá” no eran la gran cosa que digamos. Eran un montoncito de carne mal desparramada. Se notaba a leguas que están muy “corridas”. Las arrugas, bien marcadas en el rostro, indicaban claramente que llevan kilómetros y kilómetros de cama en las espaldas. El bilé y el colorete no hacían milagros. Al contrario, las desnudaba por completo. “Allá van las putas de ´Cochá”, era el comentario de la gente.

Y es que en el pueblo, tan modosito, tan setentañero, el que alguna chica se pintara el rostro tan escandalosamente, indicaba claramente que se andaba promoviendo. Y eso, en la sociedad de entonces, en esa gente tan recatada, tan de decirse las cosas muy en corto, tan de que “la ropa sucia se lava en casa”, era una agresión letal a las buenas costumbres.

Bien, no recuerdo cómo le hicimos para conseguir el dinero que costaba esos diez o quince minutos de la hipotética lujuria que nos garantizaban las chicas que el “Cochá” regenteaba. Lo cierto es que, con nuestro tesoro en el bolsillo, cinco estudiantes de la secundaria esperamos a que la noche llegara y amparados en su sombra, nos dirigimos a encontrar nuestro destino. Temblábamos de los pies a la cabeza. Un sudor frío recorría nuestras frentes. Todo teníamos alborotado, menos lo que realmente debería estarlo.

Y así nos fuimos. Amparados por la oscuridad llegamos. Un quinqué alumbraba aquella modesta cabaña de madera, hecha de costaneras de caoba y cedro, de las que regalaba el aserradero a quien lo pidiera.

Había una extensa fila esperando turno. Por momentos pensé que ahí estaban todos los representantes masculinos del pueblo. Los cinco chavales nos acurrucamos entre todos para que los demás no nos distinguieran. Era imposible. Llamábamos la atención de todos. “¡En la madre, mi papá se enterará mañana”, dijo un cabizbajo Cervacio, que era originario de Ucum y a quien claramente le habían dicho que al “Kilómetro 71” había ido a estudiar y no a desperdiciar el tiempo.

Aquella experiencia fue tan desagradable que hasta el día de hoy la recuerdo por encima de cualquier otra de este tipo. Recuerdo aquella gorda tendida en unas tablas que hacían las veces de cama, diciéndome: “¡Apúrate porque hay mucha gente esperando afuera!”.

De allí, chamacos al fin, nos quitamos pensando que el amor –je, je, je-, era otra cosa, que no podía ser esa experiencia tan aterradora a la que fuimos sometidos, por la que pagamos y por la que aún –¡snif!, los traumas-, sufrimos todavía.

Fue un día de Semana Santa, lo recuerdo claramente

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