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Con la lengua de fuera

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Tiene sus particularidades la coexistencia en un gimnasio. La primera regla no escrita, la que todos indiscutiblemente tienen que respetar (bíblicamente casi), es: no morbosearás a la chica que tienes enfrente por más buena figura que posea.

Y es difícil. Es casi imposible no admirar, por un instante al menos, esos cuerpos espléndidos que se nota llevan tiempo cultivando arduamente. El chiste es mirar unos instantes apenas y luego concentrarte en lo que estás haciendo. Esa es la única forma de que las chicas luego no comenten en petite comité: “cuidado, ese tipo es un pervertido”.

Al gimnasio hay que ir a lo que se va y no a perder el tiempo en otro tipo de cuestiones.

Otra regla elemental, es ser cuidadoso en el aseo. Aun cuando a dicho sitio no se va a presumir lo que llevas encima o los perfumes que te echas, si es bueno ponerse un poquito de desodorante cuando menos. Quien no lo hace así, está propenso a que el sexo opuesto lo vea con cara de fuchi y lo exhiban cuando intercambien opiniones. El olor a sudor en los gimnasios es lo más normal del mudo sin embargo nunca está de más untarle algo oloroso a las axilas.

Los utensilios también deberán recibir su higiénica limpiada luego de su uso. Es bien visto que luego de ocupar el accesorio en donde se fortalecen las piernas, se le eche cierto líquido y se le pase una toallita. Y no sé por qué, cada que me levanto de ese aparato y lo veo completamente bañado con mi sudor, siempre pienso que ahí, en forma líquida, se está quedando gran parte de lo poco que me queda en esa parte del cuerpo a la que denominan nalgas.

Al gimnasio al que asisto, para mi fortuna, acuden alfeñiques con los que rivalizo, con los que me doy al tú por tú, con los que puedo verme frente a frente sin necesidad de desviarles la mirada abochornada. Son cristianos que al igual que este servidor, van para darle más vida a sus años y no para adquirir esos cuerpos espectaculares que luego son envidiados por los seres humanos comunes y corrientes.

Los veo hacer esfuerzos sobrehumanos a la hora de meterle a las pesas y me congratulo de haber jugado fútbol siempre, ya que eso me ayuda a no andar sacando la lengua como un can deambulando en el desierto.

Eso de pararte frente al espejo y observarte mientras realizas tu ejercicio, es bueno para quienes cuentan con una figura envidiable, porque para los otros, inclúyome, los que somos puro hueso y pellejo, no es nada agradable observar los gestos de desesperación que uno hace cuando el peso que estás levantando está a punto de provocarte un colapso fulminante.

Y habría que observar a las damitas cómo disfrutan cuando se paran frente al espejo. Se deleitan viendo sus estilizadas figuras. Se regodean observando cómo el ejercicio continuo puede convertir tu cuerpo en algo digno de admirarse.

Y entonces uno, que, de plano, solo asiste para mantener la forma, se entusiasma a veces y le mete más enjundia para ver si algún día –los milagros existen, mucha gente lo asegura-, al menos consigue que el pellejo se convierta en algo que tenga cierto parecido a la musculatura.

Y ahí se está uno en la caminadora –es lo más cómodo que existe en un gimnasio-, observando, qué tortura, como los números que aparecen en la pantalla tardan en irte anunciando que llevas ya cierta cantidad de metros más de recorrido.

Y uno, que sufre como un perro de la calle para completar cierta cuota que te deje la impresión de que no has ido al gimnasio a perder miserablemente el tiempo, casi pega un grito cuando nota que has conseguido –con la lengua de fuera casi siempre-, arribar a cierta cantidad de metros, suficientes para que el sudor te invada por completo.

El gimnasio tiene su chiste. Tiene sus reglas. Tiene su atractivo.

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