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De a oquis

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Siempre he tenido la impresión de que no hay nada más inútil que el desfile del primero de mayo. Ese sentimiento lo he tenido desde la primera y única vez que he desfilado (toda las demás veces me las ingenié para dejar con un palmo de narices a mis empleadores).

Para empezar, no hay un solo trabajador que vaya por gusto. Ese día ninguno se levanta con la sonrisa en el rostro. Al contrario, al bajarse de la cama o de la hamaca, están refunfuñando, por principio de cuentas, por el calorón con que ha amanecido. Y entonces sueltan la primera blasfemia del día dedicada a quien hace las veces de jefe. Luego vienen muchas más. Destinatarios nunca han de faltar.

Las otras “mentadas” vienen cuando van a la cocina y se topan con que la alacena está vacía. Y ni modo de irse con solamente un buche de café en el estómago. Se aterran cuando piensan que no hay nada más vergonzoso que un váguido en pleno desfile, a la vista de todos.

Y no es todo. También viene un mal momento cuando te pones la playera que te dieron y quedas como un globo mal inflado.  Luego te colocas la gorra y te miras al espejo y confirmas que te ves ridículo con ese accesorio tan mal hecho, tan apachurrado.

Y, ni modo, hecho una piltrafa, ya con tu repertorio de blasfemias casi agotado, ya sin ninguna mentada de madre para soltar durante el desfile -¿a qué otra cosa se va a ese tipo de eventos?-,  te subes al vejestorio que tienes por vehículo, rogando, claro, que no vaya a dejarte mal en ese preciso instante (el único momento glorioso de esa mañana, es cuando tras el primer “llavazo” escuchas el ronroneo del motor andando), y luego te diriges al sitio en donde previamente se te ha indicado que dará inicio la “tortura”.

Antes hay que hurgar de nueva cuenta en el repertorio de blasfemias para extraer una, dos, tres (si se puede), ya que no encuentras en dónde estacionarte y casi tienes que retornar de donde saliste para poder encontrar un agujero en donde quepa tu chatarra.

Y ahí te tendrán, paradito, bajo el Sol, durante media hora cuando menos. La espera se sobrelleva con una plática entre los conocidos. Y todo versará en denostar a quienes organizan este tipo de actividades y en ponerse de acuerdo para ver a cuál cantina acudirán apenas termine la parada. Nadie comenta –no lo saben seguramente-, sobre los motivos que generaron que cada 1 de mayo se organizara un magno desfile en todos lados. Nadie habla de los mártires de Río Blanco y Cananea. Nadie habla –la triste resignación-, sobre las condiciones de trabajo.

Comienza el desfile. Comienza la peor parte de la tortura. Ahí van con rostros mustios, en pleno ejercicio mental para que la caminata sea más llevadera. Los únicos felices durante el trayecto, son los que venden paletas, saborines y granizados. Son de las pocas veces que esos mercaderes callejeros se abastecen hasta tres veces durante el desfile.

La mayoría de los que desfilan, se entretienen platicando. Se preguntan entre ellos cuántos cartones de cerveza habrá comprado el que hace las veces de líder sindical. Se cuestionan si alcanzará el marrano al que hicieron cochinita, o, como en ocasiones anteriores, habrá que ponerse abusado –llegar a los golpes incluso-, para poder gorrear tres tacos y una cerveza.

Salen de su rutina cuando llegan frente al balcón de palacio de gobierno y recuerdan que el líder de su sindicato les ha dicho que allí es donde hay que demostrar el “músculo”. Que allí es en donde hay que dejar constancia de que un trabajador, al menos una vez al año, puede decirle a sus empleadores que está inconforme con la migaja que les pagan (claro, los que están en el balcón también tienen todo el derecho del mundo de ignorarlos).

De ahí, llega el momento por todos tan ansiado. El momento en que ya, libremente, pueden dirigir sus pasos hacia el sitio en donde momentáneamente matarán el hambre y saciarán la sed que les carcome en las entrañas.

La verdad, no hay nada más inútil que un desfile del 1 de mayo. NO sé qué opine usted al respecto.

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