Columnistas

Del paraíso

DARDOS

Agustín Labrada
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Desde hace décadas se escucha hasta el hastío que Cancún es “un paraíso”, término que antecede a la Biblia y se remonta al mundo persa: un jardín bien arreglado y en paz, que dista mucho del entramado urbanístico cancunense, donde cada día se impone la violencia y los diarios circulan llenos de notas rojas y reclamos sociales.

La Zona Hotelera de Cancún, donde ingresan muchas divisas (a causa del turismo) a México, por su diseño, su estructura y su dinámica pertenece al primer mundo mientras que en las llamadas “regiones”, donde vive gran parte del personal de servicio que atiende los hoteles, imperan la marginalidad, la carencia y el pandillerismo.

La mayoría de quienes habitan en ese clima suburbano de miseria y calor, ha venido huyendo de otro “paraíso”, considerado como tal al menos en los discursos oficiales y en la sublimación indigenista: la llamada Zona Maya de Quintana Roo, donde la miseria económica alcanza su punto más alto en el contexto heterogéneo de la entidad.

pobrezaSegún el Informe de Pobreza y Evaluación en el Estado de Quintana Roo, los municipios mayas de Lázaro Cárdenas, Felipe Carrillo Puerto y José María Morelos tienen porcentajes de pobreza que superan el setenta por ciento y éste es uno de los motivos por el que los jóvenes indígenas emigran hacia las ciudades turísticas.

Hay un fuerte contraste entre la cantidad de dinero que ingresa en la entidad y las condiciones desiguales de vida de sus habitantes, sin que ninguno de los gobiernos que han antecedido a Carlos Joaquín González haya podido concebir y aplicar una estrategia en pos de un equilibrio socioeconómico y de urbanización en todos los municipios.

Los promotores de la cultura maya se lamentan de que las nuevas generaciones abandonen sus aldeas rurales, donde el desarrollo agrícola es casi nulo y mal dirigido, y con ello se pierda lentamente el uso de una lengua ancestral, hábitos y costumbres que remiten a una civilización milenaria orillada por el desarrollo y la política.

En ese estadio salvaje de la civilización que nombran capitalismo y oculta su crueldad con el patético show de la democracia, todo está en venta y todo tiene un precio, y en tal escenario, donde algunos medios de comunicación o confusión son instrumentos que en ocasiones se usan para embustes colectivos, el hombre es una cifra sin alma.

Esclavizado desde que nace, el individuo común crece como víctima de la propaganda mercantil e ideológica que le diseña sus sueños, sus angustias, sus ilusiones de confort, su ética tan flexible como los vaivenes económicos, y sus gustos estéticos tan espantosos que llega a preferir (con idolatría) el seudoarte, la frivolidad y el ruido.

El dios absoluto del mundo cristiano y otros dioses absolutos de otras religiones se han sustituido por una nueva religión de masas: el consumismo-capitalismo donde, como en las antiguas sociedades religiosas, se alcanza un sistema simbólico de carácter sagrado en el que fluyen praxis sociales, políticas y económicas con un ritmo de nueva fe.

Esto no debe extrañarnos, pues es obra de los hombres, y han sido ellos, no Dios, cualquiera de los dioses, quienes han diseminado la fe entre multitudes humanas a lo largo de la historia. Fue Dios el eje de sus vidas y también la fuente de valores, creencias, leyes… Hoy se sacraliza con la misma demencia la sociedad de consumo.

En el siglo XXI, cada vez se le rinde menos culto a las deidades y más culto a las leyes del capitalismo: propiedad privada sobre medios de producción y dinero, libre oferta y demanda, predominio del mercado…; y no se miden consecuencias, pues lo sagrado es inviolable y toda crítica hiere sensibilidades colectivas y, sobre todo, al poder.

Locke considera a la propiedad privada como un derecho inalienable del individuo. Esta opinión sacraliza ese derecho que las leyes amparan. Pero más que la idea de un especialista y los patrones jurídicos ad doc, la publicidad (incesante e insaciable) se encarga de alienar las mentes de un nuevo siglo deshumanizado y cada vez más hueco.

En el nombre de Dios, aunque el papa Paulo III había admitido en 1537 que los indios eran personas, las ambiciosas huestes europeas masacraron durante varios siglos a muchos aborígenes hasta desaparecer, con pretextos baladíes, a tribus íntegras, lenguas autóctonas, a etnias completas. En Cuba y Uruguay no existen hoy pueblos originarios.

La independencia no trajo auténticos beneficios para los indígenas en ningún país del Nuevo Mundo. Fue un vulgar cambio de poder. Se desterró al colonialismo extranjero para que los criollos ricos (una minoría) tomaran la brújula de estas nuevas naciones cuyo flujo económico, en muchos casos, aún se sostiene sobre el sudor indio.

Antes el oro y la plata que saqueó Europa, hoy el petróleo que absorbe el imperio estadounidense y lo vende otra vez (en México) convertido en gasolina. América se hunde. Sus pueblos autóctonos, que llaman indios por una confusión geográfica de Colón, siguen segregados, aunque en cantos y discursos se exalte su pureza.

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