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El músico del rincón

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El hombre le mete le mete todas las ganas del mundo. El viejo teclado se mueve como si de pronto fuera a derrumbarse. Por ratos levanta la cabeza como los divos y con los ojos cerrados permanece el tiempo suficiente como para recepcionar el aplauso de la imaginaria multitud que tiene enfrente.

De pronto, como que vuelve a su realidad y centra la mirada de nueva cuenta en la gente que va cruzando frente a él y ni siquiera una mirada le dirigen. Y es que son las ocho de la mañana, hora en que todo tipo de gente llega al pequeño mercado a adquirir los insumos que necesita para abastecer la alacena.

El tipo, un cristiano que fácil rebasa los sesenta años, no pierde la compostura, algo le queda de los viejos tiempos. Probablemente tocó en alguno de los más afamados tugurios de la época. Seguramente, la agilidad de sus dedos así lo denotan, fue un destacado tecladista en alguno de los grupos musicales que ya no existen, a los que la modernidad arrumbó durante un tiempo y que finalmente, cosa de la vida, ya ni modo, tuvieron que colgar las herramientas que alguna vez les dieron fama.

En la cara del tecladista del mercado se acumularon todas esas noches de desvelo –y de juerga seguramente-, ya que, como un recuerdo de los viejos tiempos, sus ojos lucen abotagados y su mirada no tiene esa chispa que seguramente tuvo -¡Ah, qué tiempos don Simón!-, cuando para donde quiera que volteara veía puros cuerpos esculturales listos para rendirle culto a la lujuria.

Sus manos, sin embargo, lo que sea de cada quién, todavía guardan algo de la habilitad que alguna vez tuvo. Sus dedos son flacos, huesudos, ya con esas manchas que claramente indican que los años no perdonan y que ya todos los amaneceres exigen agradecer a la madre natura por tenernos todavía en este mundo.

La gente continúa cruzando frente a él. Cada quién carga su propio problema. Cada quién lleva su propio mundo aparte. Un músico veterano no llama mucho la atención que digamos. El mejor ejemplo de que es invisible para los demás, es lo vacío que luce el recipiente que ha colocado para recibir las monedas que alguna alma caricativa quiera depositarle.

Y vuelvo a imaginármelo en sus tiempos de jauja, en aquellos días cuando aparte de una buena paga en el antro en donde actuaba, también le llovían los tragos provenientes de clientes con el oído satisfecho y que no dudaban en sacar el billete del bolsillo -¡uf, eran buenos tiempos!-, para recompensar a quien fuera necesario.

El hombre termina la interpretación de la melodía y se toma un descanso. Busca a tientas un recipiente con agua que tiene debajo de su asiento e ingiere un sorbo prolongado. El olor al chicharrón que están friendo a escasos metros le penetra por todos los sentidos. Mueve los dedos que ya tiene entumidos luego de una hora de estar dale y dale y no ver recompensado su esfuerzo. Cerca pasa una señora con un niño de corta edad.

El pequeño se detiene a observar al músico que ha hecho de ese rincón el último refugio para lo que queda del talento que alguna vez tuvo para dar y regalar. Con la inocencia que caracteriza a una creatura, se acerca y lo queda mirando fijamente. Algo le ha llamado la atención de la cara que está viendo.

De pronto pone la mano en el teclado y se asusta cuando el instrumento se mueve de tal manera que pareciera que caerá estrepitosamente. La mamá regaña al niño y se lo lleva. El músico vuelve a quedar solo. Solo con su alma. Solo con su instrumento. Solo con los recuerdos de haber sido algo importante y que hoy –la triste vida-, no es suficiente para que alguien venga y deposite algunas monedas en su baldío recipiente.

Colis2005@yahoo.com.mx

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