El retorno

La casa está en ruinas.

El techo ya no existe. Las láminas de asbesto que alguna vez cobijaron tanta vida, tantas ilusiones, se han convertido en un puñado de escombros.

Las lagartijas se asoman por los agujeros. De vez en vez sacan su lengua enorme y atrapan algún mosquito desperdigado al que la noche se le fue sin darse cuenta. Una cola de ratón –la placidez de jamás ser molestado-, asoma por una de las grietas.
La desolación es total.

Los hamaqueros aún existen. Ahí están, empotrados en la pared, como una muestra contundente de que alguna vez floreció la vida.

En las paredes, carcomidas por el tiempo, rebotan las fantasmales risas, los gritos, los llantos, incluso. A lo lejos me parece escuchar la voz de doña “Satul” haciendo un intento inútil de controlar los ánimos desbordados de los nietos.

Ahí están todavía los enmohecidos clavos de los que alguna vez colgaron los retratos. Ahí está lo que queda del ropero, pasto de las termitas, cobijo de las cucarachas y demás bichos que van y vienen sin ser importunados. Un vientecillo lo tumbaría y terminaría de convertirlo en polvo. Y lo recuerdo con la jerarquía que tuvo. Impresionante, con sus dos puertas enormes que cuando se abrían era como introducirse a un mundo de fantasía en donde nada hacía falta.

En un rincón están los restos del viejo aparato de radio que entretuvo a don Blas hasta el final. El humo del quinqué todavía es visible en su exterior. Tengo los pedazos en mis manos. Me estremezco. Cierro los ojos y veo al abuelo acostado en su hamaca, utilizando el pie como una catapulta en pared para mecerse. Lo veo con su pelo blanco, corto, de casquete militar, con los ojos viendo al techo, con eso agujeros que se le hacían en los cachetes y con esas rayas en la frente que le salían cuando algo discernía muy adentro.

En la radio se escucha la crónica de George White, un famoso locutor que durante muchos años narró los juegos de los Leones de Yucatán. Le veo mover la pelota de tabaco que tiene entre la boca. Lo miro echar un escupitajo de color oscuro. Lo escucho soltar una blasfemia cuando un jugador de los “Diablos Rojos” de México le casca la pelota al serpentinero melenudo y la manda a tierra de nadie impulsando una carrera. Lo veo soltar una sonrisa cuando la novena yucateca, con esa suerte que tienen los equipos chicos, de pronto lanzan un zarpazo en la novena entrada y empatan el partido de manera espectacular. Escucho cuando, para festejar, le pide a doña “Satul” que le alcance su jícara con el café.
Una lagartija me cae en el brazo. En otra circunstancia la hubiese apachurrado. Esta ocasión es diferente. Podría ser el espíritu de alguien para mí muy conocido. Le doy el beneficio de la duda y con un ademán consigo que brinque y salga huyendo despavorida.

Respiro hondo. Intento que algo de ahí penetre hasta lo más profundo de mi interior. Nada. Puro polvo. Toso incluso.

Un pedazo de espejo atrapa una parte de mi rostro. Miro mis propios ojos y la pregunta sale facilita, fresca, espontánea: ¿Cuándo nos hicimos viejos?

Un dibujo en la pared llama mi atención. Sí, es mío. Alguna vez me lleve una severa reprimenda por manchar ese espacio. Hoy, el dibujo, tosco, de un chamaco de ocho años, me guiña un ojo. “Pillo, aquí estás otra vez de vuelta”, me dice con una melancolía que a cualquiera derretiría.

Y sí, ahí estoy otra vez de vuelta. En la casa de los abuelos. Con mis recuerdos. Con el pasado convertido en polvo. Caminando sobre las ruina de lo que alguna vez fue algo parecido al paraíso.
Y, de pronto, brutal, sin concesiones, me asalta la idea de que no es la casa de los abuelos la que está en ruinas, sino que soy yo al que el tiempo se le ha venido encima.

Colis2005@gmail.com

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