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Entre músculos te veas

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El olor a sudor es lo que predomina. Un aroma rancio se te mete en la nariz desde que llegas hasta que te quitas. El sonido estridente de la canción Heartbreaker de Auryn, inunda la estancia por completo. Música que nadie escucha. Concentrados en ejercitar su cuerpo, la docena de personas que ahí se encuentra centran su atención en distinguir el volumen que sus músculos han adquirido.

Parado frente al espejo, un tipo no pierde de vista sus protuberantes brazos. Sube y baja con sorprendente facilidad unas mancuernas. Su pecho se infla acompasado mientras lleva a cabo su rutina. A nadie le llama la atención ese detalle. Todos están en lo mismo. El único que repara en esas cosas es el que les escribe, que cumple con su primer día en el gimnasio.

El narcisismo se percibe en el ambiente. Se nota en esa damita que con su traje ajustado, cruza la estancia y va en busca del espejo cómplice en el cual se refleja todo el esfuerzo que día con día realiza. Es evidente que las horas transcurridas en el gimnasio no han sido en balde. Tiene un cuerpo espectacular y ella lo sabe. Ella, mujer al fin, sabe que cuando cruza frente a cualquier par de ojos causa un alboroto. La reacción es instintiva y normal a todas luces. Imposible que un cuerpo tan escultural pase desapercibido.

Un par de tipos musculosos se pasean como Pedro por su casa. Son instructores que por 200 pesos a la semana se encargan de atender a los novatos. Hay cierta jerarquía en su conducta. No cualquiera carga tanto músculo encima. Saben que no están pasando desapercibidos.

Por ratos me siento un alfeñique. No estoy solo sin embargo. Un chaval de brazos delgados y de piernas ídem sigue fielmente las indicaciones del maestro. Se nota que es recién llegado. El ejercicio aun no se refleja en su esmirriado cuerpo.

Este es otro mundo. Nada que ver con los trotes en el parque “Ecológico” ni las carreritas en el boulevard bahía. Aquí hay que seguir una rutina si es que al día siguiente no quieres terminar quejándote y sin poder levantarte de tu cama.

“Caminaremos 15 minutos como calentamiento y el resto, hasta llegar a la media hora, correremos”, me dice muy propio el personaje que me ha llevado hasta ese sitio en el que jamás había entrado. Yo asiento con la cabeza. Me siento como un niño al que por primera vez llevan a la escuela. El no sabe que me estoy mentalizando para no tropezar y caerme de ese moderno aparato al que le apachurras un botón y de inmediato incrementa o disminuye sus velocidades. Ya encima, me doy cuenta que no es nada de otro mundo. En un principio se dificulta conservar el equilibrio. Luego -a todo se acostumbra uno-, hasta chiflo muy campantemente.

A mi lado, en la otra “caminadora”, un tipo que se nota que lleva tiempo en el ejercicio, pero que sin embargo su cuerpo, cuadrado, no es de los que le darán premios en alguna competencia de fisicoculturismo, suda la gorda gorda. Y es literal. Está completamente bañado en sudor. Lo veo meterle tantas ganas al ejercicio, lo hace con tanta pasión, que por ratos me pregunto a qué se dedicará en la vida real ese personaje. Ahí, en ese pequeño reducto en el que se ejercita, es el rey. Solo aprieta un botón y la máquina le obedece. Cuando sale a la calle, sin embargo, ¿qué será de su vida? Me lo imagino de burócrata en alguna oficina. Me lo imagino en un escritorio, en algún rincón, frente a un montón de documentos. Lo veo frente al jefe que echa rayos y centellas porque sus instrucciones no han sido acatadas tal como él quería. Lo miro saliendo por la tarde, yendo en busca del cajero para toparse conque los 200 pesos que quedan no alcanzan para adquirir la medicina que el chamaco moquiento que tiene en casa necesita. Y clarito estoy mirando la cara de angustia que pone cuando la máquina de la que emergen los billetes le da con un palmo en las narices. Lo veo imaginando la ida al gimnasio, ese oasis que ha encontrado para no deschavetarse por completo. Esa especie de ancla que le ayuda a soportar tantas mordidas que da la vida.

Y, de pronto, ¡plop!-, me doy cuenta que por lo mismo estoy allí. En hora y media el bendito y terapéutico ejercicio hace que te olvides de que afuera, en la calle, la desgracia acecha en cada esquina.

Así, pues, cualquier recurso es válido –sobre todo el ejercicio-, para pasarla bien un rato al menos.

PD.- Y desde aquí le deseo éxito a Roberto Joel Estrada Vega y a Octavio Chávez Gavaldón, que hoy inician “Malabares de Palabras” (9 PM, por Chetumal FM), un espacio en donde los libros y los autores tienen la palabra.

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