Columnistas

Ganándose el pan

Mis respetos para todas las actividades. Mi reconocimiento a todos los profesionales de las distintas maneras que existen para ganarse la vida lo más honestamente posible.

Mi reconocimiento al pepenador de basura que todos los días busca afanosamente entre la mugre algo que luego convertirá en dinero contante y sonante. Al don o a la doña que madrugan los fines de semana, principalmente, para ir al boulevard bahía y hurgar en busca de las latas que les permitirán llevar el pan a la mesa al menos por ese día.

Mis respetos para esa mesera que, con dos y hasta tres hijos, tiene que talonearle hasta altas horas de la noche ya que es mamá y papá a la vez. Esa mujer que cuando comenzó en dicha actividad todos los días, fervorosa, repetía como si fuera una oración: “no tardaré mucho aquí, esta actividad es temporal, ya vendrá un mejor trabajo para desempeñar”. Esa damita que para su mala suerte nunca encontró algo mejor y, que remedio, ha tenido que hallarle gusto al trabajo. Que siguió los consejos del que por primera vez fue su patrón…, y algo más: “ya estás aquí, disfrútalo, sonríele a todos los parroquianos y nunca dejes un saludo sin contestar”. Esa mujercita que vio como los años se le fueron viniendo encima sin piedad, desarrollando un trabajo que aún sigue detestando pero al que ya se acostumbró. Y también para esa que comenzó rejega, volteando a ver para otro lado cuando algún cliente, atraído por sus curvas, le soltó algún piropo con la intención de ligar. Esa que, finalmente, le encontró chiste a la chamba y ahora, feliz (la amadísima ficha es capaz de eso y de más), se sienta con cualquiera que esté dispuesto a pagar 120 pesos por la copa que se ha de tomar.

Mis respetos también para los profesionales del desempleo, esos seres que de pronto se quedaron sin trabajo y no vieron el suicidio como una forma de ponerle remedio a todos sus males. A esos que con la miseria que recibieron como indemnización, se las han ingeniado para poder subsistir. A esos que –mi admiración total-, le dicen al conocido que les llama por el teléfono celular: “quisiera ir a tomar el café contigo, amigo, pero no tengo un peso en el bolsillo para pagar”. A aquellos que han tenido que cambiar dramáticamente su modo de vida como consecuencia de que sus ingresos mermaron a grado tal que cuando les cae un peso en la mano se sienten afortunados y le dan gracias a Dios.

Admiro a esa pareja que de pronto se posesiona de la calle, de uno de los cruces más transitados y de pronto, malabaristas de la vida, se ponen alanzar objetos al aire y luego los reciben con actitud magistral. Esos que luego de su breve acción –el semáforo no da para más-, concurren hacia los conductores con la mano extendida en busca de un premio a su actuación.

Mis respetos también para esos chavos que en vez de ir a delinquir, bote de agua y trapo en mano, listos para huir en caso de que lleguen los uniformados, se lanzan encima de los parabrisas y en un abrir y cerrar de ojos hacen los méritos suficientes para que los conductores les maten el hambre con las monedas que les dan.

Respeto y admiro a los fotoreporteros, a esos que inmortalizan todo tipo de acción. A esos artistas de la lente que van más allá de la pose formal. Gracias a ellos he pasado ratos de infinita satisfacción. De regocijo total.

Pero, una cosa he de decir, si en mi próxima vida se me diera a elegir, escogería sin duda alguna mi actual profesión. Un trabajo en el que me he divertido a más no poder y en donde, aún cuando no me he hecho rico, he tenido la satisfacción de conocer gente que ha nutrido mi vida. Una actividad en la que los aplausos vienen a granel (en eso si he sido afortunado, a grado tal que mi riqueza en ese sentido ustedes jamás la podrían cuantificar).

“Soy caricaturista”, le dije hace poco a una persona que me inquirió respecto a la forma que tengo de ganarme la vida. Y me divirtió cuando me quedó mirando con interrogación, con rostro de confusión, como viendo cara de bicho raro en este servidor.

Y sí, eso me gustaría ser de aquí a la eternidad, un bicho raro. Un tipo con una profesión tan poco común, que incluso no sé si la Secretaría del Trabajo la tenga incluida como actividad profesional.

Colis2005@gmail.com

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