Hay que ser agradecidos (parte II)

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El sitio al cual me llevó Manuel Jesús –“La Choza del Huinic”-, era agradable, lleno de familias y de gente que iba a divertirse observando el espectáculo, comiendo –la botana era deliciosa y abundante-, y bebiendo. Ya luego, cosas que suelen suceder en Chetumal, se convertiría en un sitio de reunión de prostitutas, de padrotes y de gente que iba en busca de aventuras fuertes.

Allí comimos y bebimos mientras el maestro compartía sus secretos con aquel alumno que le había caído de improviso. En un principio, me preocupaba que en mis bolsillos no hubiera un solo peso. Ya luego, magia del alcohol, olvidé la soledad de mi billetera y me dediqué a absorber toda la cátedra que Manuel Jesús, generoso, me impartía.

Mucha gente pasaba y lo saludaba. Y eso a mí me gustaba. De repente llegaba el mesero y decía mientras con el rabillo del ojo miraba hacia determinada mesa: “esta tanda se la manda el señor que está sentado en aquella parte”. Y eso a mí también me gustaba.

De repente el maestro de ceremonias, antes de anunciar al siguiente artista, dijo: “Le damos la bienvenida a un gran periodista, al maestro Manuel Jesús”. Y varios aplaudieron. Y a mí también me embelesó ese detalle. “Estoy con una gente muy importante”, pensé para mis adentros. Y en esos instantes recordé la recomendación de Raymundo González Ibarra: “Apréndele todo lo que puedas…”

Y por eso, cuando el maestro levantaba la mano y pedía otra ronda de cervezas, aquel aprendiz de reportero no ponía objeción alguna e ingería a la par que aquel personaje extraordinario.

Esa fue mi primera y por lo tanto inolvidable borrachera en calidad de reportero. Y digo reportero, porque allí, cuando ya llevábamos varias “amargas” reposando en el estómago, Manuel Jesús, adoptando una pose de rey inglés del medievo, dijo lo más solemnemente que pudo: “Hoy, mi Nico, te nombro reportero…, ve y presúmeles a todos que ya eres reportero”. Y yo, al borde del llanto, emocionado de veras –ya les dije que era muy ingenuo-, le agradecí y recibí aquel detalle como si de la mismita Universidad de Harvard me estuvieran entregando mi maestría o doctorado.

Previamente Manuel Jesús me había dicho que no solo hay que ser reportero, sino hay que parecerlo. Por lo tanto, cuando ingresamos a la “Choza del Hinic”, lo hicimos con mucha propiedad, saludamos primeramente al dueño y luego hicimos lo propio con algunos comensales. Cuando salimos, perdida toda la prestancia, todo el formulismo, lo hicimos casi a gatas, con el maestro preguntando: ¿En dónde estamos?
A Manuel Jesús le aprendí mucho. Le aprendí, por ejemplo, que con un poema puedes conquistar muchos corazones. El maestro no era alguien a quien una dama volteara a ver y dijera: “¡Guauu, qué tipo!”. Sin embargo, lo juro, vi conmoverse hasta las lágrimas a una chica guapa, mientras escuchaba un poema declamado por el personaje principal de esta historia.

Alguna vez, sin dinero en los bolsillos –suele sucederle a los reporteros-, ya terminada la jornada de trabajo, fuimos a calmar nuestra calcinante sed a un sitio llamado “Terraza Peraza” (o algo parecido). “Dios proveerá, no os preocupéis”, dijo el maestro, como una forma de tranquilizar al incipiente reportero. Y sí, la caricatura proveyó, ya que Manuel Jesús le decía al reporterito: “Pinta a aquel fulano que está en aquella mesa”. El reporterito obedecía y cuando estaba terminado el dibujo, el maestro la llevaba y de inmediato llegaban dos o tres tandas, cortesía del dibujado. Cuando se acababan, el proceso se repetía (bendita caricatura), y las cervezas, como maná, caían del cielo.

Varios años después, cuando ya el incipiente reportero no lo era tanto, alguien me dijo haber leído que Manuel Jesús había muerto. Y entonces, nobleza obliga, me di a la tarea de reseñar todo lo que el maestro había significado en mi vida. Derramé incluso alguna lagrimilla. El maestro bien que lo valía.

Al día siguiente, con el texto publicado, recibí una llamada de Victoriano Robles, jefe de prensa de Joaquín Hendricks, quien me dijo: ¿Oye, que se murió Manuel Jesús? ¿Entonces al que tengo enfrente de mí es un fantasma?

Y entonces fue a mí al que casi me da un infarto. ¡Gulp! (tragué saliva).

Y, ni modo, hubo que hacer la aclaración respectiva. Ya luego, a la semana, en una columna que el maestro publicaba, hizo el siguiente comentario: “Qué tal con Nicolás Lizama, que primero me mata, luego me resucita y por último quiere arreglarlo todo con un desayuno…”. Yo, morí de risa y aplaudí el ingenio del primer maestro que tuve en esta actividad tan apasionante.

Colis2005@gmail.com

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