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La desgracia de no ser nadie

Fulanito de tal (su nombre se omite por razones más que obvias),llegó la terrible conclusión de que podía prescindir de todo –hasta de la comida y el agua-, menos del teléfono que carga a todas partes.

Es tal su dependencia, que suda frío cuando el artefacto que lleva a todas partes le anuncia que la batería se está agotando.

Cuando eso sucede, siente como si un filoso cuchillo le estuviera pasando en la garganta. Las manos comienzan a sudarle y su mente comienza el reconteo de cuántos pines, mensajes o llamadas se está perdiendo.

El tipo es un político que pinta para remontar grandes alturas (al menos eso le dicen con frecuencia sus amigos).

Pobre, si sigue así cualquier día de estos le dará un infarto fulminante. NI a su mujercita adorada cuida tanto como al teléfono celular que le acompaña a donde vaya.

Su asistente (todo político que se precie de volar alto debe tenerlo), tiene la encomienda de tener un cargador siempre a la mano. ¡Ay de él si algún día se le olvida!

Y ha sucedió, déjenme decirles. Y es cuando el pobre tipo se ha llevado la carajeada de su vida. No hay piedad para él cuando esa terrible omisión le llega de improviso. La espada de Damocles que constantemente pende sobre su cabeza se activa y eso provoca que casi se hinque y pida clemencia por su futuro, siempre tan frágil, siempre tan volátil. Si algo lo ha salvado es todo lo que sabe de su jefe. Información es poder, dicen los expertos. Y en este caso en particular, es una verdad de a kilo.

Acumula muchos detalles sobre lo que su jefe hace y eso le garantiza una aparente impunidad que sin embargo, llegado el momento –él losabe-, no evitará que lo pongan patitas en la calle. Más ahora cuando medio mundo (léase exburócratas, anda desempleado). Él lo sabe y por eso siempre anda con los pies de plomo. Y andar con pies de plomo significa estar como un perrito faldero pegado a los pies del amo. Atento a cualquier gesto que haga para correr a su encuentro.

Ser el asistente de un político que cree estar listo para surcar cualquier cielo tiene sus bemoles. Hay que estar preparado para todo. Hay que estar listo hasta para fungir de esponja cuando el jefe anda de mal humor y en alguien tiene que descargar su ira. Una patada en el trasero es lo de menos. El chiste es que no te diga “te me vas a la…” y que en ese mismo instante te extienda el documento para que firmes tu renuncia.

Y uno de los peores momentos en la vida de ese pobre hombre que la hace de asistente, es precisamente cuando el teléfono celular del jefe se va muriendo poco a poco, cuando de pronto la rayita de la parte superior del aparato queda en rojo, indicando que el colapso se aproxima. Y entonces sudan frío los dos. Uno porque se está quedando sin el elemento vital que le acompaña y el otro porque sabe que, de no venir preparado, la desgracia está a punto de cebarse en su persona.

Sin teléfono, fulanito de tal, es hombre muerto. Es como un náufrago en una isla desierta. Como un sediento en mitad del desierto del Sahara.Como un astronauta abandonado en la inmensidad del espacio sideral.

En pocas palabras, sin teléfono, fulanito de tal no sirve para nada (la terrible desgracia de no ser nadie), más que para dejar como vil palo de gallinero a su asistente, que, estoico, le aguantará todo, con tal de no convertirse en un puntito más en la estadística del desempleo.

Colis2005@yahoo.com.mx

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