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Nos falta tantita identidad

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La ciudad en la que vivo tiene muchos atractivos. ¿El principal? Es una ciudad muy generosa. Aquí cualquier cristiano que llega con ganas de trabajar honestamente, siempre consigue la sobrevivencia. Un tantito de ingenio es suficiente para poder navegar con banderas desplegadas.

El mejor ejemplo de ello es que muchos que llegaron con una mano por detrás y otra por delante, hoy son poseedores de un extenso patrimonio.

La ciudad me sedujo desde que llegué, muy chavito, a los siete años. Me es imposible olvidar, entre otras cosas, aquellos cirquitos rascuaches que llegaban a los terrenos baldíos que había en la colonia de “Las Casitas”. Pequeñas y muy parchadas carpas en donde el atractivo era una muy “suculenta” bailarina –valía un cacahuate que no tuviera ritmo en las caderas-, un chango amaestrado y un payaso que no sé por qué, no importando el circo que fuera, siempre se llamaba “Lagrimitas”.

Desde que llegué a Chetumal supe que la solidaridad era el fuerte de sus habitantes. La mejor muestra de esa generosidad que les salía por los poros fueron los Sánchez Núñez. Una familia que arropó a la mía hasta que logramos adaptarnos. Adaptarte significaba en buen cristiano tener un trabajo que generara lo suficiente para adquirir durante la semana dos quesos de bola, 2 latas de mantequilla azul, Una barra de queso Tip-Top, varios frasquitos con figuras de frutas de algo llamado culey, un kilogramo de tortilla por las mañanas y cinco barras de pan francés por las noches.

La zona en la que yo tuve la fortuna de vivir un tiempo, era abundante en lo que concierte a los árboles frutales. Hoy, todo aquello es un recuerdo solamente, El pavimento y el asfalto llegaron y se apoderaron de todo el espacio disponible.

Yo y mis hermanos crecimos recogiendo nances en el patio de doña Enma, la esposa de don Calín, a quien los vecinos llamaban “Cara Sucia”, en petitte comité, ya que reaccionaba de no muy buenas formas cuando alguien se atrevía a pronunciarlo en sus narices. Era un buen tipo don Carlos. Trabajador hasta decir basta. Eso sí, a la hora de salir a la calle de paseo, era todo un dandy. De sombrerito y a bordo de su flamante bicicleta Raleigth.

No recuerdo cuánto nos pagaban por cada lata de leche Nido que llenábamos con los nances. Lo cierto es que siempre teníamos dinero en el bolsillo cuando llegaba la temporada de esta fruta. Si mal no recuerdo, doña Enma lo vendía para que alguien hiciera paletas y para ofertarlo en sus bolsitas.

Había un fruto extraño que jamás mis ojos habían observado. Se llamaba marañón y para la vista al menos era una delicia. Cuando lo probé me arrepentí de haberlo hecho. Mi boca se encongió y tardé mucho tiempo en recobrarme. El aguacate era otro fruto que había por montones. Los frijoles, que nunca faltaban en la cocina de mi madre –de hecho no había más menú que esa delicatessen-, siempre tuvieron como fiel acompañante al aguacate. El predio de don Calín ocupaba media manzana. Así de grandes eran los lotes de aquellos años. La casa en la que viví un buen tiempo, de madera y techo de lámina de zinc, aun existe, como prueba de que lo que se hacía antes siempre fue mejor que lo que se hace ahora. El cerco, de tambores convertidos en láminas –despanzurrados, pues-, aun resiste el embate de los años.

La ciudad era pequeña, un pueblo casi. Sus habitantes, por lo tanto, albergaban otros sentimientos diametralmente opuestos a los de estos tiempos. En aquellos años nadie se moría de hambre. Hubiese sido un escándalo que se diera algo parecido. Todos se hubiesen sentido culpables. Todos se lo hubiesen recriminado acremente.

Hoy, los menesterosos, si no se ponen abusados, ahí quedan tendidos en la banqueta, con los ojos pelones y el estómago vacío.

Los tiempos han cambiado. Hoy la vida es diferente. El culey ya no existe. El queso de bola y la mantequilla azul ya no tienen el mismo sabor de antes. Para acabarla de amolar, las barras de pan francés de ahora no le llegan ni al tobillo de las que se hacían antes. En ese sentido, es un verdadero crimen al que habría que castigar con varias cadenas perpetuas, al puro estilo gringo, el que ya no lleven la distintiva hebra de la hoja del coco que la identificaba.

Lo que no podemos ignorar a estas alturas, es que la ciudad carece de una identidad que la diferencie de otros sitios. En la cuestión de gastronomía, cuando menos. Me explico. Si un visitante llega, se sube a un taxi y le dice al conductor que lo lleve a disfrutar de algo muy representativo de los chetumaleños, está fundido. No lo hay. Ni modo que lo lleve a comer tacos con Abundio, empanadas con Chabelo o hot-dogs con el cristiano que se estaciona en el parque del queso. No. Eso sería un crimen.

Al final, luego de un somero recuento, luego de un repaso al calendario, me quedo con la impresión de que nos faltó gestar al menos cierto distintivo gastronómico. ¿El queso de bola? ¿El rice and beans? Ni hablar, esa es harina de otro costal. No son hijos, no son algo nuestro propiamente. Son, si acaso, una especie de entenados.

2 comentarios

  1. Chetumal ya no es la ciudad en la que se encontraban productos raros de todo el mundo, y aunque la bahía puede ser hasta majestuosa para alguien del centro del país, antes era de verdad otra cosa. Las ‘glorias’ del pasado sólo han propiciado una vacía identidad en el presente y el futuro.

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