Sangre desparramada

En el periodismo es común que a los novatos lo manden a cubrir la fuente policíaca. Lo cual no es nada muy agradable que digamos, aunque debo decir que a varios que conocí, les gustó y se volvieron legendarios tras su diario transitar por la llamada nota roja.

Cuando fui un “pollito” en este tipo de cuestiones, el jefe de redacción del medio para el que trabajaba, intentó cumplir a rajatabla el protocolo.

Sin tanto preámbulo, recuerdo que me dijo: “Vete en chinga a esta dirección –me entregó una nota manuscrita- y cuando termines de cubrir la nota, te vienes enseguida”.

Me fui “volando” a cumplir con la misión encomendada.

Cuando llegué aquel lugar estaba lleno de policías y de los clásicos mirones que nunca faltan en este tipo de eventos.

Me aproximé muy “salsa” mientras preparaba la cámara fotográfica que llevaba colgada del pescuezo.

Tardé más en cruzar la puerta que en volver a salir con el rostro pálido y con unas ganas de sacar de raíz todo lo que llevaba en el estómago. Allí, en el interior, colgando de una soga, estaba un cuerpo humano.

“Se suicidó”, fue el lacónico dictamen de los especialistas.

Jamás olvidaré aquel espectáculo que tuve ante mi vista. Me impactó tanto, que durante tres días no pude ingerir alimentos como es debido.

Fui el hazmerreír de la redacción durante todo el día. Fue mi “bautizo”. Fue un comienzo inolvidable.

Me pasé toda la semana rogándole al jefe de redacción que no volviera a encargarme ese tipo de encomiendas.

Por fortuna mis súplicas fueron escuchadas.

“Te faltan huevos, mi chavo”, escuché a manera de burla, luego de que me asignaron otra fuente.

Y si, tenía toda la razón del mundo, me faltaron “pelotas”, me hizo falta audacia para llegar a ser un reportero que marcara la diferencia a la hora de escoger la nota que ocupara el espacio principal en la primera plana.

No, la reporteada en ese tipo de cuestiones nunca alimentó al tundemaquinitas que llevaba adentro.

En aquellos días las notas policíacas más espectaculares eran los hurtos de bicicletas y las soberanas golpizas que algún marido embrutecido por los humos del alcohol le propinaba a su “media naranja”.

Hoy, las cosas han cambiado tanto, que ya los mismos reporteros de nota roja son los protagonistas principales de la historia.

Los tiempos han dado un espectacular giro de 180 grados. Ser reportero ya no es un oficio glamoroso, como alguna vez llegó a serlo.

Hoy, aparte de que se suda, se sufre, se lamenta  forma en que se acallan esas voces.

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