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¿Quién dijo que no hay elementos con formación policíaca que puedan con el paquete de apaciguar a la delincuencia en Quintana Roo?

Claro que los hay.

No tienen tantas corcholatas colgando del pecho como los jefazos importados, pero al menos tienen muchas ganas de hacer bien las cosas, porque ellos, a diferencia de los cristianos traídos de otros lares -que ni esperan a que termine el sexenio para encaramarse en el avión que los llevará de vuelta a su lugar de origen- aquí se quedarán hasta el fin de sus días y por lo tanto tendremos oportunidad de verlos y felicitarlos o, en su caso, restregarles en la cara su fracaso.

Con algunos chicos del patio al frente de las corporaciones policíacas en un pasado reciente (Juan Pedro Mercader y Rodolfo del Ángel, los últimos), no hubo tanto desgarriate como ahora en que -¡gulp!- para salir la calle hay que encomendarse a todos los santos habidos y por haber, por si las moscas.

Los fuereños, visto está, no son ninguna garantía de que controlarán a los malosos. La prueba está a la vista.

En lo particular, conozco a uno, al menos, que cuando ha ejercido su función como guardián de la ley, lo ha hecho con el suficiente celo como para que los bichos nocivos no se le salgan del huacal.

Julio Mendoza Álvarez se llama, es licenciado en derecho y se jubiló como Inspector Jefe de la Policía Federal.

No es ningún aprendiz en cuestiones policiacas ya que ha sido, entre otras cosas, escolta en el Estado Mayor Presidencial; encargado de la Unidad Operativa de la Comandancia Regional  XXV en Sinaloa; encargado del Grupo Antiasaltos de la Comandancia Regional de Sinaloa; Comisaría sector Chetumal; fue subdirector Operativo de Tránsito del Estado.

En fin, es amplio el currículum de Julio.

Si ni Chana ni Juana han podido con el paquete, podría ser hora de voltear y mirar a los locales.

Digo…

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