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Una mujer emprendedora

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Doña Lupe es una damita que merece todos mis respetos.

Es de las mujeres más trabajadoras que conozco. Desde que me la topé por primera vez, tiene varios años ya, nunca la he visto arropada por la ociosidad.

La conocí cuando era propietaria de un localcito en el que vendía de todo lo que usted pudiera imaginarse. Era un verdadero changarro de los de antaño, de aquellos en los que podías adquirir desde una aguja hasta un machete o un par de botas de hule. Aquel era el sitio mejor surtido de todo Calderitas. De ahí que todo el día dicha tienda se encontrara hasta el tope. Era difícil ingresar ya que había tanta gente que daba la impresión que doña Lupe estaba regalando sus productos.

En los anaqueles de la tienda no cabía un artículo más. Si existe el caos perfecto, aquello lo era. Había bolsas de arroz encima de latas de frijoles, bolsas de sal codeándose con bolsas de fideos y así por el estilo. Me llamaba la atención, sin embargo, que uno llegaba, pedía un chicle motita –ahí, después de tantos años, los volví a encontrar, por cierto-, y ella, sin titubear, se dirigía exactamente a donde estaban colocados. Ella, en su mente, a pesar del aparente caos de aquel “huevito” de tienda, sabía acudir al sitio exacto en donde estaba lo que el cliente le pedía.

Otro detalle que enamoraba de doña Lupe, era su capacidad para hacer amistades de inmediato. No había necesidad de que fueras un cliente asiduo para que ella te armara plática apenas entrabas a su tienda. Tiene una gracia extraordinaria a la hora de la platicada. Los minutos pasaban intercambiando comentarios con ella. Uno se daba cuenta de que ya los minutos habían transcurrido veloces cuando miraba el reloj y decía: “¡Plop, ya voló el tiempo, me llamarán la atención llegando a casa!”.

Un día, de pronto, puso en jaque a toda su clientela. La noticia corrió como reguero de polvo en Calderitas. ¡Cierra su tienda doña Lupe!, era el comentario que se escuchó de boca en boca.

Los tres días previos al cierre, doña Lupe tuvo casa llena. Se cansó de estar dando explicaciones a su desesperada clientela y bajó un día antes la cortina.

No se echó a la hamaca, sin embargo. Se dedicó a cuidar con esmero su cocina económica, un sitio en donde, está de más decirlo, uno come como en su propia casa.

Siempre he admirado el don que tiene doña Lupe para granjearse todo tipo de amistades. Alguna vez me llegué a preguntar cómo es que ningún candidato había llegado a enamorarla.

Y hete aquí que este sábado, cuando pasé a adquirir un ejemplar del Diario de Quintana Roo, me la topo como siempre, muy sonriente, muy dicharachera. No habíamos iniciado bien la plática cuando, amplia sonrisa de por medio, me comentó que ya estaba apoyando a equis candidato.

Su cara derrochaba optimismo. Se veía contenta. Se veía satisfecha.

Pensé entonces que el candidato de doña Lupe se había sacado la lotería. Había hecho una adquisición extraordinaria. Los activos de doña Lupe valen oro puro. Con ella dicho suspirante ha avanzado un trecho enorme.

Me dio mucho gusto ver a doña Lupe tan contenta, tan comprometida con el proyecto en el que andaba inmiscuida.

Ella es así. Entrona, luchona, como pocas damas he conocido en esta vida.

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