Nicolás Lizama

Como pasan los años

No hace mucho tiempo, acicalado por los recuerdos, volví al pueblo en donde pasé una parte importante de mi vida. En donde, por cierto, con algunas honrosas excepciones, poco queda de lo que fue esa comunidad tan alegre, tan llena de chispa, tan pronta a defenderse hasta pescozones si la circunstancia lo apremiaba


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No hace mucho tiempo, acicalado por los recuerdos, volví al pueblo en donde pasé una parte importante de mi vida.

En donde, por cierto, con algunas honrosas excepciones, poco queda de lo que fue esa comunidad tan alegre, tan llena de chispa, tan pronta a defenderse hasta pescozones si la circunstancia lo apremiaba.

El pueblo, en aquel entonces, era un conglomerado de casas de madera que se disputaban el honroso título de ser la mejor cuidada.

Hoy es un amasijo de casas que surgen sin ton ni son, en donde cada quién le pone a su morada el toque que mejor le viene en gana.

Antes podías costarte en medio de la calle y con excepción de algún perro despistado, nadie te pasaba encima. Hoy tienes que mirar a todos lados antes de cruzar la calle si no quieres llevarte una sorpresa y terminar con tu humanidad descalabrada.

El pueblo al que he vuelto, tiene poco parecido al que conocí hace ya varios años, en aquella madrugada de diciembre, llena de neblina, con los caballos del señor Medina pastando displicentes a orillas de la carretera.

El pueblo, hoy, es otra cosa. Anda muy cambiado. Veo gente por todos lados. Y entre todos ellos soy un extraño.

Extraños ellos, extraño yo. Una combinación muy rara para alguien que iba dispuesto a remover, a hurgar con frenesí el cofre de la memoria.

Soy uno más que anda buscando algo entre tantas caras que la mente no registra. No veo a nadie conocido. De pronto –tonto que soy-, caigo en cuenta que la pátina del tiempo nos ha cambiado a todos. Unos ya no tienen el lustroso y abundante cabello que tenían antes. Otros –de los males el menor-, perdimos en no sé qué momento el color negro que se enseñoreaba en nuestras cabezas. Y a los que peor les fue, el Dios Cronos les ha maltratado el rostro. Aquellas caras rozagantes, sonrientes, de blanquísimos dientes, hoy es un conglomerado de arrugas y manchas oscuras que señalan claramente que el vagón en el que viajamos va pitando de regreso.

Ansioso, busco con la mirada la casa en donde había una chica que nos deslumbraba a todos y que –suele suceder en el pueblo-, se llevó otro más vivo que un día llegó y la conquistó con sus aires citadinos.

Me apachurra el sentimiento ver que la casa está en ruinas. ¿Qué habrá sido de aquella damita que nos traía locos con su mirada esquiva y sus constantes desaires? ¿Qué habrá sido de aquella chica que se sabía deseada por medio salón de clases y que por lo tanto se daba el lujo de dejar con un palmo de nariz a todos?

¿Será esa que veo venir llevando a dos chamacos agarrados de la mano? Mmmh. A ver, a ver… ¡Ah, la memoria que no me ayuda!.

¡Mmmh!,pensándolo bien (je, je), bendita memoria, que quizá en un acto piadoso, se niega a reconocer en esa mujer acabada por los años, la que alguna vez ponía de cabeza a medio grupo, cuando cruzaba muy oronda y con los hombros muy erguidos, sabiendo que varios suspiros se iban siguiéndole los pasos.

El pueblo que tengo ante mis ojos, ya no es el pueblo en donde yo me aposenté hace varios años.

¿Qué le hicieron a aquel pueblo al que alguna vez defendimos hasta a golpes en los partidos de fútbol? ¿Qué le hicieron a ese pueblo que si mal no recuerdo hasta una canción bravía –no podía ser de otro modo-, alguien le dedicó?

El pueblo ha cambiado mucho. El cemento y el pavimento han terminado por sobreponerse. Antes había árboles por todos lados. Hoy van quedando pocos.

Al pueblo al que he regresado en busca de recuerdos, ya no es el mismo. Alguien me lo ha cambiado. No veo rostros conocidos.

No veo gente sonriente como la había antes. No, no lo reconozco. No identifico a mis conocidos de antaño y ellos tampoco aciertan a identificarme.

Y, entonces, qué remedio –cofre del recuerdo a mi espalda, cerrado, como llegó-, no me queda más que pararme frente al espejo y preguntarle: ¿cuándo nos envejecimos?

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