La nueva normalidad

EN ÓRBITA

Marcelo Salinas
@msalinas21

Estamos ante las cifras más dramáticas desde el registro. Se sabía que por estas fechas veríamos lo peor, aun cuando la tendencia debiera ir ya a la baja; sin embargo, nadie debe confiarse, ni tratándose de números, menos con la movilidad detectada durante el fin de semana en el marco del Día de la Madre. En zonas de algunas ciudades se registró mayor desplazamiento pese al llamado insistente de quedarse en casa.

Mientras, siguen los preparativos para el retorno planeado desde junio, que deberá ser gradual, selectivo, responsable, siempre y cuando las condiciones lo permitan. Así lo han proyectado. El gobernador Carlos Joaquín lo confirmó en fecha reciente.

El retorno implicará una “nueva normalidad”, un concepto empleado por representantes de la Organización Mundial de la Salud para referirse a la transición; es decir, al proceso del aislamiento al desconfinamiento, con todo lo que implica en asuntos sobre salud pública, movilidad, educación, comercio, seguridad y otros.

Desde el inicio los expertos han advertido que las relaciones humanas, la concepción de la naturaleza e incluso el orden mundial, serían distintos tras la pandemia. El grado se conocerá con el tiempo. Ha sido un apunte frecuente en esta opinión.

Pues bien, nos acercamos a esa etapa de la nueva normalidad, o la nueva realidad como igualmente se le denomina a la fase posterior. Por ahora, desgraciadamente seguiremos contando defunciones y positivos, aunque en los planes de retorno y de recuperación esa expresión en torno a la nueva realidad no debiera estar exenta del debate entre quienes toman las decisiones.

Sin duda alguna, cambiarán los protocolos en viajes, hospedaje y entretenimiento en lo relacionado con el turismo, la principal fuente de ingresos del estado, prioridad en los análisis. Algo han anticipado los turisteros al respecto.

En otras temáticas se reelaborarían pautas y directrices para responder a lo que supone esa nueva normalidad. No cabe duda, porque el desafío, al ser de amplio espectro, significará un esfuerzo mayúsculo.

Además, los efectos no pueden minimizarse ni desconocerse, y estos van desde la afectación económica sin precedente, a un posible comportamiento diferenciado por el aislamiento, el estrés, la ansiedad, la incertidumbre y la depresión, en un número indeterminado aún debido a las circunstancias.

Aquellos son los otros efectos de los que hablan psicólogos, psiquiatras, antropólogos sociales, sociólogos y demás especialistas, los cuales trascienden por sus charlas, artículos o publicaciones en redes sociales. Tampoco deberán perderse de vista porque determinarán esa nueva normalidad.

El desempleo mundial provoca escalofríos, y la hambruna podría ser de proporciones bíblicas, ha dicho la Organización de Naciones Unidas. No somos ajenos e insensibles en un mundo globalizado, hiperconectado: lo del virus es el mejor ejemplo.

Ya falta menos. Acaso es la buena noticia. Con cada jornada nos acercamos al final, que será el arranque de una gran misión para “normalizar” la vida rutinaria de antes, o adecuarse a una desconocida, apenas en formación. El panorama no pinta bien.

Soluciones completas

Somos vulnerables. Un virus, lo mismo que una fuerte turbonada o un huracán en cierta época del año, nos puede poner al límite de nuestras condiciones, de la vida misma en muchos casos. La posición geográfica de Quintana Roo determina en gran medida la exposición a diversos fenómenos.

Es una brevísima reflexión en momentos de por sí complicados, cuando la naturaleza amenazaba el fin de semana pasado con imponer su fuerza en un “cordonazo”, que no nos deja indiferentes, para bien o para mal.

Por ejemplo, podríamos comprobar la extinción de los incendios forestales que han mantenido a los combatientes ocupados y nerviosos. Son miles de hectáreas perdidas, y la lluvia ha sido un alivio. Pero también podríamos registrar, lamentablemente, inundaciones que afectan a pobladores, agricultores y ganaderos en regiones de la Península de Yucatán.

Dependerá de quién realice el recuento de daños. Por eso la expresión “para bien o para mal”. Lo cierto es que la naturaleza condiciona y orienta una vez más. Ya lo sabemos: el cambio climático, con sus múltiples manifestaciones, es la mayor amenaza para la humanidad, ha concluido la ONU en un informe meses atrás.

Antes de la crisis sanitaria por el coronavirus ya enfrentábamos “los mayores retos”, ahora aparentemente relegados por la urgente atención que reclama lo que contagia y mata a miles en el mundo. Sin embargo, asuntos como la contaminación y la pérdida de la biodiversidad están conectadas con la situación actual, obligándonos a replantear en tiempo récord una salida integral, una solución lo más completa posible.

Cada día es un avance hacia esa salida. Los expertos advierten tanto de los posibles rebrotes del virus en Europa y China, como del “efecto rebote” en la producción, el comercio, los hábitos de consumo y el medio ambiente en estos meses y en lo que será la pospandemia. Todo está ligado, repiten los especialistas, para quien supondría una desvinculación entre las temáticas.

En definitiva, cómo se mueve la sociedad, cómo produce, cómo se alimenta y cómo se protege, define ese recuento de daños. La mano del hombre, infaltable.

No son nuevos, ni las pandemias ni las turbonadas, aunque está comprobado que se presentan con mayor frecuencia e intensidad por la irresponsabilidad del ser humano en tiempos recientes. Las pruebas son irrefutables.

La mitigación, y la solución como destino deseable, nos competen ya mismo. No podemos permanecer impávidos ante la recurrencia de ciertos fenómenos que nos demuestran el daño autoinfligido.

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