Notas

La pelea estelar por el cetro estelar

laboladecristal

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La imagen no podía ser más elocuente, en la misma sede de la arena electoral, el referí oficial ordenó el campanazo de salida al tiempo de rounds de campaña en pos de la Corona del Estado.

Subieron al ring los cinco candidatos en la pelea por el cetro estatal apenas separados por unos pasos de distancia en un acto de coincidencia geográfica, resaltando el abismal trecho simbólico que ha marcado la historia.

Por orden de aparición como candidatos a la gubernatura del Estado, presentaron guantes los contendores, José Luis Pech Várguez, (Morena) Alejandro Alvarado Muro, (PT), Rogelio Márquez Valdivia, (PES), Mauricio Góngora Escalante, (PRI-Verde-Panal) y Carlos Joaquín González, (PAN-PRD).

Y saltó a la vista. Así, en el proscenio del escenario, el candidato del PRI, Mauricio Góngora Escalante, visiblemente cómodo y mesurado ante el clamor de sus seguidores que, en los alrededores del templete, cundieron matices y canticos tricolores a ritmo de batucada.

No faltó el discurso de convencimiento hablando del poder triunfal del PRI a lo largo de más de cuatro décadas ostentando la Corona del Estado, resultado por haberle cortado el paso a las aspiraciones de unas cuantas legiones opositoras ávidas del poder.

La consecución histórica priista se ha planeado con el candidato del tricolor, Mauricio Góngora Escalante, por ser la mejor elección de una ristra de siete cartas sobre la mesa, la única a la vista válida para contender en la elección del ejercicio constitucional 2016-2021, sexenio del próximo gobernador.

En contraparte, al otro extremo, Carlos Joaquín González, de la alianza UNE, entre el PAN-PRD, que alentaba a un distante candidato que hablaba del recomienzo de un nuevo día. Surgía allí lo gestado como nuevo, con una espigada flama opuesta a no dejarse dominar por los recuerdos, enfrentando un capítulo que se resiste a ser olvidado.

Los partidos opositores PAN-PRD fueron presa de un singular delirio, una especie que los hace acumuladores compulsivos de lo que se supone les garantizará supervivencia al juntarse en antítesis sacro-profano inmersos en un solo ente alado, con alas de izquierda y derecha, una de cada lado aleteando, alentando a su candidato.

Una vez que la utopía opositora mudó de piel para estrenar la casaca auriazul los líderes terminaron por habilitar como contendor emergente al ex priista, Carlos Joaquín González.

Las figuras opositoras parecen haber tomado control sobre el tiempo. Tiempo no sólo de ellos sino, sobre todo, tiempo de los demás. Apresar el tiempo de todos, moldearlo según esta oportunidad, con la ilusión de detenerlo todo por tratar de detentar el poder, alentados por la emoción al impulsarse con un aliento furtivo.

El tiempo convertido en objeto de deseo, un apremio de eso que se llama fantasma originario, en tanto supone competir con lo inevitable, pues nadie puede ser dueño de lo que vendrá, menos con la idea de asegurar de lo que provee el tiempo circular, que no fluye confianza, si no que implica secuestrar el porvenir de toda una sociedad.

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