Los amigos se van, se van…

Tomándome una cerveza o echándome un buen trago de tequila (o un roncito, no discrimino en este sentido) y jugando al fútbol, es como he conocido a varios de los mejores amigos que han hecho más placentera mi existencia en este mundo.

No es cuento eso de que más vale tener un amigo a la mano, que tener las bolsas rebosando con dinero.

Puedo dar constancia plena de ello.

En cuestión de amistades, no tengo duda, he sido muy afortunado.

Mis amigos, cada uno en su momento, han intervenido de distintas formas para que mi vida alcance niveles de excelencia.

Y cuando eso sucede, no queda más que ser agradecido.

Amor, con amor se paga.

Siempre habrá un chancesito de demostrarle que no se equivocó a quien una vez te tendió la mano.

Mis amigos, son el mejor patrimonio con el que dispongo. Lo sé, lo saben.

Los presumo -no son cualquier cosa-apenas y la oportunidad se me presenta. Si ellos hacen lo mismo, maravilloso, si no, poco me importa, me da lo mismo.

Ayer, me quedé sin uno de ellos y le abrí el zaguán completo a la tristeza.

Se extinguió la vida de Raymundo López Rosado, mejor conocido como “Cuxo”. Futbolista de excepción -fue el primer chetumaleño que exportamos al fútbol profesional (Tiburones de Progreso)

Férreo, aplicado en la marca, preciso a la hora de darle continuidad a la jugada, apoyando en vez terminar de hundir al compañero cuando sin querer metía la pata.

Con la solidaria palmadita en la espalda y su vigoroso y muy convencido: “¡Tú, eres chingón; tú, puedes; los errores son fortuitos!”.

¡Ah, la solidaridad! Lo mínimo que puedes aportarle a tus amigos.

Ya se lo encomendé plenamente a Germán García, a Jorge Elías y a tantos ilustres hermanos más que son partes de mi interior -gente de confianza plena- que ya se han ido.

Es lo menos que puedo hacer, en estos días, sobre todo, en el que ni siquiera puede uno ir a despedirlo.

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