Notas

No se vale sufrir tanto

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Hay sitios que de solo de pensar en ellos produce escalofríos.

Son, a saber: los hospitales, los cementerios y las Agencias del Ministerio Público.

Ir a cualquiera de esos sitios es una tortura. Nadie acude voluntariamente a esos lugares. Generalmente, cuando uno lo hace, es obligado totalmente por las circunstancias.

Si uno tiene la desdicha de estar en uno de esos sitios, lo primero que se nos borra es la sonrisa. ¿Cómo pintar una cara alegre cuando por todos lados ves rostros afligidos? ¿Cómo mostrarte optimista si lo que ves son almas derrotadas, cristianos que llevan una gran pena encima?

manifestacion procuraduria1En la Agencias del Ministerio Público, la única que derrocha optimismo es una jovencita que hace las veces de recepcionista. Se acerca muy cordial y te pregunta si ya eres atendido. Cosa que extraña en extremo, sobre todo sabiendo cómo se las gastan (o gastaban) en dicho sitio. En ese sentido las cosas parece que han cambiado (punto a favor para Gaspar Armando, ex Procurador de Justicia), ya que hasta el más mal encarado de los empleados intenta dibujar una sonrisa.

Los que de plano ni de chiste sonríen, por cierto, son las seis personas que esperan la atención a sus querellas. Otro aspecto que le da buena cara a la antesala del infierno en la que generalmente se convierten las agencias del ministerio público, es el hecho de que ya en vez de ventiladores, hay modernos equipos de aire acondicionado (otra “palomita” para Gaspar Armando).

¡Ufff!, es sensacional no sufrir tanto mientras esperas ser atendido. Lo cual es un decir ya que la gente generalmente va con su infierno adentro. Me refiero a que antes, con los ventiladores, sudabas como un condenado a muerte. Te morías dos y hasta tres veces. La primera, calcinándote mientras esperabas turno. La segunda cuando te plantabas frente al agente del ministerio público y tenías que exponer tu caso, bochornoso a veces, mientras te escuchaban todos los que estaban en la periferia. La tercera, el colmo (la verdad es que somos muy metiches y chismosos), cuando mientras firmabas el documento respectivo, escuchabas los murmullos de los demás que hacían referencia al asunto que habías denunciado.

Veo los rostros de la gente que espera para ventilar su problema y me deprimo. El que menos mal se ve, es un caballero que se frota sus manos sudorosas mientras pone una cara de aflicción que para qué les cuento. Por ratos dirige la mirada al techo como queriendo traspasarlo y mirar de frente al Todopoderoso, o ya de perdis a un ángel cualquiera que se cruce en ese espacio aéreo, para sacar la queja que le carcome en el interior del cuerpo.

Pobrecillo. Algo grave carga a cuestas. No es cualquier cosa, supongo, lo que lo ha llevado hasta esa instancia. Por ratos pareciera que se pondrá a chillar delante de todo mundo. Por momentos da la impresión de que mandará al diablo todo y sin importarle quién le escuche, sacará todo el lastre que le quema dentro.

Está también una damita que en cualquier detalle, en cualquier gesto, grita su desgracia. Tiene los ojos enrojecidos e hinchados, lo que a mí, un tipo detallista (que no metiche, ojo), me indica que su asunto tiene tintes de tragedia. Verla así, lastima. Uno, que también lleva sus penitas muy adentro, se conduele de inmediato de esa doñita que si por ella fuera abriría la puerta y saldría corriendo para buscar un sitio en donde desaparecer del resto de la gente y darle rienda suelta a su desdicha.

Hay dos jovencitas que se acurrucan entre ambas, como una forma de hacer más llevadera la desgracia que aqueja a una de ellas. Las veo medio algo asustadas. Cuchichean entre ambas mientras pasean sus miradas extraviadas.

Este sitio, en cuestión de emociones, es una desgracia por entero. Si uno llega con una pizca de optimismo, normalmente se sale cargando hasta con culpas ajenas, con desgracias que aunque no te incumban –de carne y hueso que uno es-, te terminan apachurrando el sentimiento.

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