Octubre 12, ¿qué celebramos?

Visión Intercultural

Francisco Javier Rosado May
fjrmay@hotmail.com

Octubre 12, 1492, después de meses de navegación, Cristóbal Colón tocó tierra en Guanahaní, en lo que hoy es el archipiélago de Las Bahamas. Guanahaní, hoy conocida también como Isla Walting, fue renombrada como San Salvador. Colón nunca pisó tierra mexicana, ni territorio alguno del continente, solo islas del Caribe.

Desde entonces, han pasado 528, tiempo suficiente para las reflexiones acerca del “descubrimiento de América”, o del “encuentro de dos mundos” como lo interpreta León-Portilla. 528 años, más de cinco siglos, pesan mucho en la historia de cualquier país, México no es la excepción.

Alrededor de los últimos 20 años, la celebración del 12 de octubre ya no es la de reproducir sin analizar un hecho considerado, por demasiados años, como “día de la raza”, “inicio del mestizaje” – o sea, justificar nuestra mexicanidad — y considerar a España como “la madre patria”.

En México y en muchos otros países el 12 de octubre es testigo de movilizaciones que tienen como denominador común demandar el reconocimiento a los derechos de los pueblos indígenas.

Este año 2020, el covid-19 restringió varias formas de manifestaciones, pero no dejaron de hacerse. En ciudad de México las oficinas del INPI fueron tomadas ese día por Otomíes, a quienes se sumaron manifestaciones de apoyo de muchas otras etnias.

Los llamados al diálogo hechos por el INPI encuentran cada vez más una percepción de escepticismo. En América del sur y en los Estados Unidos se reportaron manifestaciones de comunidades indígenas en contra de considerar a Colón como un héroe; mas bien pidieron el retiro de sus estatuas o bustos para borrar una buena parte de la historia de racismo y colonización a la que fueron sometidos los pobladores originarios de nuestro hemisferio.

Y es que en pleno siglo XXI aun no se han implementado las políticas públicas que garanticen el pleno respeto a los derechos humanos de los pueblos indígenas, a acceder a educación de calidad, de forma tal que sean competitivos en su propia comunidad local y fuera de ella, a contar con servicios de salud también de calidad, a participar en las decisiones relacionadas con el manejo de sus recursos naturales y sistemas de producción de alimentos, y la lista sigue; es demasiado larga. La política pública diseñada bajo el pensamiento de “deuda histórica”, que ha prevalecido por demasiados años, para atender los rezagos en las comunidades indígenas, no ha dado resultado ayer ni lo hará mañana.

La noción de “deuda” va irremediablemente acompañada de paternalismo, lo cual solo agrava la situación y empuja a un círculo vicioso. Las dos opciones que podrían atender a fondo el diseño de política pública para enfrentar el reto del desarrollo en los pueblos indígenas son: encontrar una forma genuina de participación en el diseño de política pública y gobernanza o seguir con políticas de paternalismo. Esta última opción siempre va acompañada de una serie de medidas que van inhibiendo, poco a poco, las formas de construcción de conocimiento que explican la resistencia, resiliencia y grandeza de obras que nos han legado nuestros antepasados.

Así no hay reconocimiento, sino una nueva forma de conquista y colonización, no en lo material, sino a nivel mental, invisible pero eficaz. Ante tal escenario, no sería difícil pensar que habrá más movimientos reivindicatorios, ya no solo el 12 de octubre, ni solo con las manifestaciones de tomas de edificios. Sin alternativas viables, todos perdemos.

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