Balazos para un periodista en Chetumal (I parte)

El ataque nocturno a balazos contra la casa del periodista chetumaleño Rubén Vizcaíno Aguilar inaugura una ponzoñosa ofensiva contra la libertad de expresión en nuestra capital, donde nuestro gremio si acaso recibía mensajes telefónicos intimidantes que se marchitaban con el recorrido de los días. Pero que disparen contra tu madriguera es una amenaza cumplida con tarjetita de “ya bájale de huevos”.

Un gatillero de alta escuela se plantó ante la vivienda de mi amigo para disparar sobre el muro y huir como gacela, sembrando el temor entre los vecinos despertados de golpe esa madrugada del miércoles 13. Curiosamente el intenso recorrido de patrullas en la manzana no desalentó al pistolero que entregó el mensaje para intentar acalambrar al destinatario, generando el efecto contrario.

El ex corresponsal de Excélsior dormía en el piso inferior y despertó al escuchar los balazos, sin darles tanta importancia. Después contemplaría las huellas del ataque devastador que abrió un boquete en un cristal de la planta superior.

Rubén Vizcaíno reaccionó siguiendo el protocolo, denunciando el ataque ante la Fiscalía General del Estado e instancias federales que tomaron muy en serio la embestida lanzada presuntamente desde el poder, sin que hasta ahora estemos en condiciones de señalar al autor intelectual que envió a este gatillero profesional para lanzar la advertencia de muerte.

Como Rubén descarto un zarpazo de la delincuencia organizada. Por obligada precaución –vaya que la comparto– este experimentado periodista no bucea en temas del narcotráfico y otros angelitos que recetan bala si los sorprendes de mal humor. Me preocupa más que el ataque se haya desprendido de un funcionario con suficiente poder en el entorno del gobernador Carlos Joaquín González.

El arrebato del funcionario amparado en las sombras tiene que ser castigado porque ha pisoteado reglas de convivencia entre periodistas y hombres y mujeres del poder, porque a menudo todas las fricciones y molestias han sido desinfladas con encuentros inicialmente tensos, pero con un desenlace propio de caballeros.  

He seguido la trayectoria de Rubén Vizcaíno con admiración, por su destreza fulminante cuando persigue la presa y la sirve convertida en carnitas con tortillas a mano. Como corresponsal de Excélsior colocó en la cuerda floja al gobernador priista Miguel Borge Martín, a principios de 1989.

“Duro y a la cabeza” ha sido su grito de guerra y su repertorio incluye notas, columnas y comentarios radiofónicos y en televisión con características del ácido sulfúrico. Hasta antes del ataque a balazos nuestra clase política había tolerado su línea periodística tan insoportable para pieles sensibles con todo el poder a su disposición, tan capaces de ordenar el ataque por propia iniciativa.

Porque como afirma Rubén, el ataque fue motivado por su propuesta periodística, “de reportero” como precisa en un video que circula desde este miércoles.

El periodista de Quintana Roo no debe tener sangre de machacado ante este atentado que debe unificarnos en una vigorosa demanda de justicia. Por Rubén y por todos los periodistas incómodos para el poder.  

un comentario

Deje un comentario

Trece + 4 =