Un Festival de Cultura en harapos

El político de Quintana Roo es un especialista en la estrepitosa demolición de proyectos rascacielos, como el Festival Internacional de Cultura del Caribe que hoy con otro nombre es inaugurado con el sello de la improvisación, sin aspiraciones y como un hijo menor en harapos de la Expofer chetumaleña. Al chingadazo, pues, algo inaceptable en una entidad líder en turismo y solitario ventanal mexicano a la seductora región caribeña.

Esa adicción por desinflar los proyectos exitosos hasta convertirlos en una vergüenza tiene que ser revisada para corregir desde ahora, asumiendo culpas y metidas de pata para renacer en 2020 con un verdadero Festival de Cultura que recupere el esplendor de las primeras ediciones impulsadas por el Doctor Miguel Borge Martín a partir de 1988, con calidad en todas las líneas y una titular del Instituto Quintanarroense de la Cultura (IQC) enamorada de su tarea, como la arquitecta Adriana de la Cruz Molina.

Miguel Borge ha sido el gobernante más culto y honesto que he conocido. El cozumeleño se instaló con proyectos que aterrizó con enorme visión, como la Universidad de Quintana Roo, el Museo de la Cultura Maya de Chetumal y la Casa Internacional del Escritor de Bacalar. El Festival Internacional de Cultura del Caribe nos invadió como su repertorio de maravillas desembarcadas con múltiples hijos de las islas caribeñas que llegaron con su música y otras maravillas.

Los cantantes y grupos artísticos son lo más llamativo del Festival, pero sin necesidad de recurrir a los colosos comerciales –como Willie Colón, Óscar de León y Juan Luis Guerra– se puede ser anfitrión de cantantes de sorprendente calidad en la región caribeña, organizando el evento con tiempo para incluir conferencias y exposiciones pictóricas, artesanales y gastronómicas con tabaco y ron.

Supongamos que primero organizas un evento en Xcaret y ahora improvisas una carpa en un potrero para agasajar a tus invitados. De estas dimensiones la caída de un Festival muy manoseado e interrumpido en varias ocasiones por la falta de seriedad de nuestros políticos.

Jacqueline Estrada Peña es la fallida titular del Instituto para la Cultura y las Artes de Quintana Roo, responsable en gran parte de este papelón que afecta al gobernador Carlos Joaquín González, por ser el anfitrión por excelencia. Doña Jacqueline dormitó y maniobró con tibieza al defender el proyecto del Festival en los pasillos del gobierno federal, muy tacaño a la hora de soltar los millones.

La ex diputada perredista Jacqueline Estrada hubiese convencido a Carlos Joaquín de la necesidad de garantizar el lecho presupuestal de nuestro Festival. Necesitaban cuando mucho 20 millones de pesos, los mismos que anunció con un monto ligeramente mayor la frívola e incompetente titular de Turismo, Marisol Vanegas Pérez, para instalar sus fuentes danzarinas adornando la inútil Megaescultura de la bahía de Chetumal.

Pero el Festival no es tarea exclusiva del gobierno del estado y el , que aportó menos de un millón de pesos; involucra a nuestros 11 presidentes municipales, quienes según el vigor de sus arcas pueden aportar los millones para que garantizar la calidad de las ediciones.

El sector privado tiene que reaccionar porque el Festival los beneficia con ocupación hotelera y una derrama económica muy significativa y tan apreciada en sitios como nuestra deprimida capital.

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