Principales

La víspera del choque de Carlos Joaquín con Mauricio Góngora

Segunda parte

En la víspera del encontronazo bajo el cielo maya caribeño, el PRI presumía su impresionante historial de invicto en la batalla más importante, cuyo triunfo permite acceder a los solemnes aposentos de Palacio y Casa de Gobierno. Imbatible hasta entonces, el partidazo ya había sido derrotado en otros frentes nada despreciables –como las alcaldías de Cancún y Cozumel–, pero la gubernatura la tenían escriturada como herencia de primogénito.

El gobernador Roberto Borge Angulo estaba al frente de este ejército multimillonario y experimentado cubierto por la arrogancia, disminuida con eclipses de preocupación en la recta final por el considerable crecimiento del retador Carlos Joaquín González en las encuestas ocultas. El hermano del ex gobernador priista Pedro Joaquín Coldwell había sumado a su causa a todos los enemigos de Beto, incluidos priistas y profesores hartos del maltrato. PAN y PRD eran membretes que algo aportarían en el choque inminente.

Beto era el odiado villano y sus actos nocivos cayeron como lluvia ácida en el campamento de Mauricio Góngora Escalante, alcalde de Playa del Carmen con licencia y candidato del exmandatario y senador Félix González Canto, quien le había ganado la partida a Beto porque el gobernador había impulsado a José Luis Toledo Medina, Chanito.

Beto Borge había sido grosero con los de casa: Cora Amalia Castilla Madrid, Carlos Mario Villanueva Tenorio, Gabriel Mendicuti Loría, Miguel Ramón Martín Azueta, Luis Torres Llanes y el mismo Carlos Joaquín, a quien combatió con dardos envenenados tirando a matar en cada tramo y circunstancia.

Hijo del empresario cozumeleño Nassim Joaquín Ibarra, Carlos Joaquín cumplía con todos los requisitos para participar de nuevo en el proceso interno persiguiendo la candidatura cumbre del PRI. Había sido alcalde de Playa del Carmen, secretario estatal de turismo, diputado federal y era entonces Subsecretario de Innovación y Desarrollo Turístico en la Secretaría Federal de Turismo (Sectur), en el equipo del Presidente Enrique Peña Nieto.

Pero Beto Borge dinamitó al Tritanic, obsesionado con acabar con Carlos Joaquín por motivos que reposan en su interior, pero nunca en nuestra historia un gobernador había atacado con todo su arsenal a un aspirante del mismo partido. Las maniobras eran refinadas, como cuando el gobernador chetumaleño Joaquín Hendricks Díaz autorizó una votación de la militancia para que decidiera entre dos gallos: Eduardo Ovando Martínez (Chetumal) y Félix González Canto, de Cozumel.

Sabemos que Hendricks activó la maquinaria para que la lluvia de votos inundara los centros de votación a favor de Félix, desactivando las competitivas “redes amigas” del senador y compadre de Hendricks, quien entregó el cetro a Cozumel a principios de noviembre de 2004 para que se perdiera en la bahía de Chetumal, quizá para siempre.

Dos estrategas de la comunicación y el manejo de redes en cada bando:

Felipe Ornelas Piñón en el equipo de Mauricio Góngora Escalante y en la otra esquina Haidé Serrano Soto, ella siempre en el equipo de Carlos Joaquín. Ante el naufragio de Mauricio, Felipe Ornelas saltó al barco triunfal y fue aceptado de mil amores.

Arlet Mólgora Glover fue forzada a competir por la alcaldía chetumaleña con los colores del PRI. Tenía dos licencias bajo el brazo, como diputada local y federal, pero en la víspera del encontronazo tuvo que vislumbrar su derrota, la primera que sufriría un priista en la lucha por la capital.

Pero los nubarrones más negros que grises se concentraban en el búnker de Mauricio Góngora, cuya campaña fue envenenada por las acciones de Beto Borge, sepulturero del partido que dirigió cuando Félix decidió crearle currículum para sumarse al grupo de aspirantes de aquel 2009.

A solas en la víspera, quizá con whisky doble en mano ante el nocturno jardín casero de Cozumel, Beto Borge tuvo que imaginarse aquel sábado entregando el trono a Carlos Joaquín, una humillación como escandalosa bofetada al hinchadísimo orgullo del joven monarca dejado en paños menores a la vista del pueblo burlón, con punzocortante acceso a las redes sociales de sanguinaria genética.

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