De Lozoya a López Obrador o de la prostituta a su cliente favorito

AL MARGEN

Rubén Vizcaíno A.

La noticia más anticipada del actual gobierno federal, el concierto de canto de jilguero traidor de Emilio Lozoya, embarrando a Enrique Peña Nieto y otros personajes, se ha concretado.

El anuncio formal corrió a cargo del mismísimo fiscal de la nación, Alejandro Gertz Manero, quien siguió puntualmente  el guión publicado previamente por el columnista Carlos Loret de Mola.

Gertz Manero confirmó, como anticipó Loret, que Lozoya Austin denunció formalmente al ex presidente, otros ex funcionarios y algunos legisladores federales, por utilizar el dinero mal habido para financiar su campaña o para aprobar la reforma energética.

Se anticipó, como reveló previamente Loret, que Lozoya ofreció testigos, documentos y hasta un video, para afianzar sus dichos. Nada de eso me sorprende, era lo que se había anticipado que sucedería… y así ocurrió.

La traición de Lozoya, a quien el gobierno federal anterior favoreció y enriqueció como a pocos, era previsible. La perspectiva de pisar la cárcel y peor aún, permanecer en ella por muchos años, quiebra con facilidad a seres pusilánimes como el ex director de Pemex.

Fue imposible para mi no recordar el texto de Julio Scherer, del relato sobre la amnistía solicitada y obtenida por el pintor David Siqueiros, para lograr ser liberado del “palacio negro”, como se conoció al penal de Lecumberri, en el que se encontraba el artista, condenado por “disolución social”.

En su obra, Scherer revela que: “le reclamé la traición a su carácter, a un modo imbatible de ser […] Y ahora le pedía indulgencia al poder que despreciaba. […] –Pidió perdón, usted. Don David. […] Usted, don David, sin avisarle a nadie. /   –Fue un paso en falso. No tenía derecho. / –Usted no resistiría un día en la cárcel. A la hora de estar aquí ya estaría lamiéndole [sic] las botas a los mayores de las crujías. / –O antes de la hora, don David, y no las botas sino los güevos. Pero yo nunca reclamé un pedestal para mí. Usted, sí. Se chingó, don David”.

Toda proporción guardada, Lozoya no esperó siquiera a ser encarcelado. Desde antes se hincó a lamerle las botas —o los güevos— a sus acusadores. Y eso, reitero, no me sorprende.

Como mexicano, lo que me ofende es la actitud complaciente de su gobierno y del mismo Andrés Manuel López Obrador. Lozoya solo sigue su instinto y tendencia natural. Se prostituye por la paga. Pero el caso del presidente es diferente, parafraseando a Sor Juana Inés: “paga por pecar”.

Otorgar, como se ha demostrado que se hizo, impunidad a un corrupto, sobornador y ladrón, como Lozoya Austín, a cambió de una muy cuestionable y difícil venganza contra “adversarios” políticos, suena en el mejor de los casos como una aberración. En el peor escenario será una traición a su palabra y compromiso con la legalidad y con la historia.

Queda pendiente el resultado de esta lamentable trama digna de la peor telenovela.

2 comentarios

  1. En esta «novela» que usted inventa, Lozoya es un traidor. O sea, Lozoya es el malo por decir las fechorías que hizo y con quien las hizo. Los otros son los buenos, son los «traicionados angelitos» por un canaya.

    Don Vizcaino siga participando, por más marometas que intente escribir no va poder salvar a sus hampones del PRIAN.

    A mi como mexicano lo que me ofende es su columna, lo que también me ofende es que crea que con esa burda palabrería puede seguir engañando al pueblo.

    Tómese una sopita.

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