Principales

El patrimonio cultural, su historia y sus políticas

Margarito Molina 
Foto: Erick Ávila
La Jornada Maya
.

Jared Diamond, un investigador de la Universidad de California, da una explicación en Armas, gérmenes y acero sobre el por qué fueron los europeos quienes descubrieron y conquistaron América y no al revés. El investigador, que en 1998 obtuvo el premio Rhône-Poulenc como el mejor libro científico, responde que esto se debió a la configuración del planeta, específicamente en la forma en cómo están situados los continentes sobre el globo terráqueo.

En una síntesis muy apretada, expone que América y África se extienden de norte a sur, mientras que Euroasia lo hace de este a oeste. Argumenta que la difusión de la domesticación de plantas y animales se dió con mayor facilidad de este a oeste por tener las mismas o similares condiciones geográficas y climáticas; por el contrario, la difusión de norte a sur fue más difícil por las diferentes latitudes y condiciones climáticas y geográficas.

La propagación de la domesticación de la naturaleza favoreció el desarrollo de la agricultura, la ganadería y la competencia entre asentamientos humanos. El desarrollo de competencias permitió el desarrollo de tecnologías como el armamento o la mayor cantidad de población creó inmunidad a ciertas enfermedades. En otras palabras, el autor relaciona directamente la difusión con la evolución cultural. Siguiendo esta reflexión, en el momento del contacto los europeos tenían un mayor desarrollo tecnológico que los americanos debido a su evolución cultural, dice Diamond. Y aporta números: la escritura apareció en el Medio Oriente 2,400 años antes que en Mesoamérica; la cerámica se inventa en China y Medio Oriente 6,750 años antes que América.

Tal vez especulativos, pero sugerentes, los argumentos del científico nos ayudan a imaginar el tremendo choque en el nivel de las ideas y de la concepción que del mundo tuvieron ambos hemisferios a partir del 12 de octubre de 1492.

Aquel desigual encuentro permitió una conquista que evidentemente no fue solamente militar; arrasó o modificó gran parte de la cultura de los pueblos originarios de América y particularmente del antiguo México. En aquél entonces también había grandes diferencias sobre el concepto Estado. Las jefaturas tienen diferente grado de complejidad y, como señala el antropólogo Marvin Harris, las diferencias en la demografía y su circunscripción, así como en la agricultura y los excedentes almacenables, eran diferentes: la homogeneidad de pertenencia a un territorio y la estratificación económica eran diferentes. Allá había un reinado territorial único –con sus dos o tres diferencias étnicas- y acá casi 70 grupos diferentes conformando pequeños estados-nación.

Indudablemente, cada pueblo europeo y americano ya tenía un patrimonio cultural desde antes de que Cristóforo Colombo llegara a estas márgenes del Atlántico. De lo que no tenemos certeza es quién o quiénes eran los responsables de la protección del patrimonio cultural. En Europa, la Iglesia, los reyes y los mecenas posiblemente ya tenían una idea clara sobre la conservación del patrimonio material y artístico; de los diversos grupos de Amerindia, no existen datos precisos. La conquista no fue entre iguales, lo cual impidió posibles acuerdos sobre el respeto al patrimonio cultural: al contrario, luego de lo militar había que dominar culturalmente. 

Por ello, durante los primeros años de la dominación, se reflejó en disposiciones de los reyes ibéricos que, entre 1523 y 1551, ordenaron a virreyes y gobernantes destruir todo vestigio religioso, sean ídolos o adoratorios, de los pueblos conquistados. Lo que hoy llamaríamos como patrimonio material e inmaterial de los pueblos americanos fue destruido o modificado. Y así transcurrieron trescientos de años hasta que llegó la Independencia.

Al parecer siempre ha sido más fácil trabajar con el patrimonio material de México que con su patrimonio inmaterial. Desde que Guadalupe Victoria decide crear el Museo Nacional para clasificar, proteger y exhibir piezas del pasado prehispánico, se ha llegado hasta el 2014 cuando se reformó la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicas, Artísticas e Históricas que Luis Echeverría decretó. En esos 190 años Antonio López de Santa Anna, Benito Juárez, Porfirio Díaz y Lázaro Cárdenas crearon instituciones y leyes para proteger el patrimonio material del país, ya sea arqueológico, histórico o artístico. 

Antes de Carlos Salinas no existía una institución cultural que diseñara la política cultural del estado. Ya estaban presentes instituciones que con cierta autonomía atendían lo histórico, arqueológico, lo artístico y lo popular y su relación orgánica se establecía con la Secretaría de Educación. Con el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y posteriormente con la Secretaría de Cultura, se fue aplicando una política en la materia que, de acuerdos a sus objetivos, fue cambiando. Pasó de atender el patrimonio arqueológico, histórico y artístico a la preservación de la cultura como factor de identidad; a proteger y difundir el patrimonio tangible e intangible; a modernizar los sistemas de registro y atención del patrimonio cultural y en la actual administración federal, que respira sus últimos momentos, a tratar de preservar el patrimonio y la diversidad cultural. 

¿Y el patrimonio inmaterial, ese que involucra a las representaciones simbólicas, a las ideas, a los conocimientos y técnicas que las comunidades han transmitido a las generaciones desde hace siglos, cómo se ha trabajado en las políticas públicas de México? Tal vez fueron las Misiones Culturales vasconcelistas y el Instituto Nacional Indigenista los que primeramente, con una visión integracionista, trabajaron la cultura inmaterial. 

Sin embargo, la primera institución nacional que esbozó la primera línea clara y explícita fue la Dirección de Arte Popular y la labor de Rodolfo Stavenhagen, allá en la segunda mitad de los años 70. Fue el antecedente de la Dirección General de Culturas Populares, que entonces dependía de la Subsecretaría de Cultura de la SEP. Esta institución han tenido en Durán, Turok, Bonfil y del Val, entre otros, a artífices de la política cultural del patrimonio intangible o inmaterial. Fuera de esta política nacional que se comenzó a diseñar en la década de los 70, han sido muy pocos los casos donde, en provincia, se ha tenido claridad y continuidad en este tema; pareciera que son trenes que corren en vías diferentes, donde en algunos casos no se sabe cuál es la ruta, ni el destino. Ahora debemos estar atentos a los nuevos tiempos políticos para conocer cómo responderán, como se coordinarán o interpretarán las nuevas políticas sobre el patrimonio cultural.

A nivel global, todo comenzó en aquel octubre de 1492 y con el paso de los siglos en México, y en los estados, aún no tenemos definido el modelo paradigmático definitivo que justifique narrativas y hechos sobre el diverso patrimonio cultural. Va siendo hora.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba