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Deseos de año nuevo
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En estas fechas -remordimientos o no sé qué-, uno suele hacer un recuento de todo lo bueno y lo malo que nos sucedió durante el transcurso del año. Otros van más allá y después de gemir su mala suerte o bendecir su buena fortuna, se plantean nuevas metas y se disponen a cumplir objetivos que por lo general solo quedan en buenos deseos y nada más.

Conozco a mucha gente a la que la comida en abundancia ha puesto como un marrano listo para el matadero, que hastiada de que los demás se rían a sus costillas, ha decidido quedar como varita de nardo en base a la dieta y a una que otra cirugía.

Se lo han propuesto como meta de año nuevo y por lo que intuyo ese es un objetivo no tan difícil de alcanzar. El problema aquí es saber qué hacer con todo el pellejo que sobra luego de que la báscula indica con toda claridad que se ha logrado eliminar los kilos de más.

Conozco a más de un personaje que luego no encuentra a dónde meter tanto pellejo flácido que les cuelga por todas partes, debajo de la garganta sobre todo, y que es objeto de la curiosidad de la gente que gusta de andar encontrándole defectos al semejante.

Supongo que habrá su técnica para mandar al demonio el pellejo extra. La medicina ha evolucionado y seguramente existirá el bisturí –o lo que sea-, para meterle mano al asunto. Mientras haya el dinero suficiente -lo demás es lo de menos-, siempre habrá algún experto que deje como nalga de bebé las partes que la llamada pátina del tiempo ha trastocado.

Si se me pidiera mi opinión al respecto, yo le pediría a los gorditos que se queden tal como están. La madre natura les dio esa carrocería y hay que aceptarla tal cual. En lo que cabe, hay que ser feliz con lo que se tiene. Ya lo dijo el poeta: “Uno, de vez en cuando la pasa menos mal, porque feliz, feliz, son palabras mayores”. Y sí, a veces hay que conformarse con lo que uno tiene.

Otra meta muy común que se autoimpone mucha gente, es la de dejar de tajo las borracheras. Verdaderos cosacos acostumbran juramentar que el año venidero no ingerirán una sola gota de alcohol aún cuando sufran como un condenado a muerte.

De todos, ese es el objetivo más difícil de cumplir. Para que un borracho deje la “fiesta”, tiene su chiste. Por principio de cuentas tiene que mandar al diablo a todos sus amigotes. A esos personajes que vienen y, de carne y hueso al fin, te sonsacan muy fácilmente. Esos cristianos que –nunca faltan-, llegan y en vez de invitarte a comer, compran el “six”, las “cahuamas” o los “misiles”.

A los borrachos en rehabilitación se les recomienda dejar de frecuentar a los cuates. Se les conmina a olvidarse del entorno que tenían antes o de lo contrario jamás conseguirán andar sobrios durante algunos meses al menos.

Conozco a un profesor que año con año acude a una ciudad campechana en donde hay un Santo con fama de generoso y ante el cual siempre jura que no tocará una bebida alcohólica los 12 meses venideros.

Apenas llega de su peregrinación, los amigotes le caen como enjambre y se lo quieren llevar casi a rastras a la cantina. Él sin embargo, muy en su papel, imbuido todavía por esa áurea mágica que todo lo puede, los manda por un tubo y les hace ver muy claramente que ya es otra persona y que no conseguirán que vuelva al camino de la perdición. El profe sin embargo suele claudicar con el paso de los meses. No ha logrado llegar ni al medio año de su alejamiento con el Dios Baco cuando de pronto ya se está llevando al estómago un vinito acompañado de algún platillo que exija un buen caldo. A partir de allí ya es presa fácil para sus amigotes. Y ni su doña, una dama que blande muy bien el látigo, consigue hacerlo entrar en razón.

En fin, de todas las promesas que uno hace cuando comienza un año, la de dejar de beber es una de las más complicadas. No es imposible de cumplir, claro. Querer es poder. Conozco a muchos borrachos que hoy van predicando por el mundo las ventajas de mantenerse sobrio, sin una pizca de alcohol en la sangre.

Este servidor, en lo particular, no suele imponerse objetivos de ningún tipo. Lo que ha de venir, vendrá, punto. No suelo molestar a los santos –que tanta chamba tienen-, para hacerles peticiones extraordinarias. Quizá por eso, porque no soy fastidioso, suelen darme sorpresas muy agradables en el transcurso del año.

Mi único deseo, si acaso, es desearles un feliz año nuevo a todos los que suelen hurgar en este rincón que me brinda tan amablemente el medio para el cual colaboro. Salucita.

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