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Facebook, twiter, Jorge Luis Borges
Las redes sociales son un verdadero reto para los personajes públicos. No cualquiera tiene los pantalones bien amarrados como para someterse al escrutinio público.
Y es que, con eso de la libertad de expresión y el cierto anonimato que te da tanto el facebook como el twiter, cualquiera puede meter en serios predicamentos a políticos, artistas y deportistas.
Muchos de estos personajes, cansados de que las críticas surjan por todos lados, han optado por cancelar sus cuentas y vivir a la antigüita, con su corte de aduladores de costumbre y con la tranquilidad que da el saber que nadie se atreverá a plantarse en su cara y decirle sus verdades.
El facebook y el twiter, pese a todo lo que pueda achacárseles en contra, son herramientas que encueran a gente que antes estaba tan tranquila meciéndose en la hamaca.
Eduardo Medina Zetina, un profesor muy activo cuando de expresar sus opiniones se trata, escribió hace algunos días en su muro: “Cuando escribo sobre política, grilla o síntesis internacional seria, me dicen que les gusta a 5 cuando hablo sobre filosofía o pensamientos a 6, sobre farándula a 15, sobre deportes a 17. Pero cuando escribo estupideces sin pensar, les gusta a 20 ó más. ¿Qué debo publicar?”.
De todos, en las redes sociales los políticos son los que menos se atreven a expresarse como Dios manda. Imposible para ellos abrirse de capa y espada ya que de inmediato les calla la boca cualquier fulano a quien el anonimato, por desgracia, le quita el valor a su crítica.
Muchos políticos sancaralampiños tienen cuentas tanto en facebook como en twiter, sin embargo, con sus muy honrosas excepciones, usted nunca encontrará ningún tipo de mensaje que pueda calentarle el ánimo a quienes no comulgan con su forma de pensar.
En el facebook, que es en donde más hurgo, hay gente muy valiente en su forma de cavilar y en su manera de expresarse. Gente que da su nombre y que es conocida ampliamente en la comunidad. Lo cual, aquí y en China, es un detalle digno de ponderarse. Hay gente muy valiosa a la que le vale un cacahuate que su opinión pueda causarle ampollas a la muy sensible piel de los poderosos. Gente que pese a escribir tal y como indican los cánones tan celosamente cultivados por los periodistas de antaño, o sea, con los pelos de la burra en la mano, no tienen espacio en los medios de comunicación. Cristianos que con dos o tres párrafos ponen a pensar al resto de la gente.
Me encanta encontrarme de pronto con alguien que a través de cuatro o cinco líneas pone a parir a medio mundo. Me fascina hallar a gente que con un poema te abre un boquete en el sentimiento y te obliga a hurgar más profundamente en esa maravilla que es el internet para ahuyentar a los demonios de la duda.
Alguien escribió la semana pasada: “Todo fluye, todo pasa, nada persiste, ni la memoria de lo que fuimos”. Y alguien muy avezado en esas cuestiones le contesta: “como el poema de Jorge Luis Borges, ´El olvido que seremos”.
Mi curiosidad me llevó a indagar tantito más y de pronto me encontré con toda una historia respecto a este breve poema del ciego más célebre que ha tenido la lírica latinoamericana. Harold Alvarado Tenorio, poeta, ensayista, traductor y periodista colombiano, en una ocasión tuvo la suerte de que se lo endosaran durante todo el día en la ciudad de Nueva York. El poeta debía dar una conferencia en el Center for Interamerican Relations y llegó un día antes. A través de una crónica exquisita, Alvarado narra todo lo que sucedió aquel día en que la hizo de chaperona. Dice que en un momento dado asomó una damita a la que Borges, coqueto por naturaleza, acaparó de inmediato. Sentados en una banca del Carl Schurz Park, de pronto María Panero –que así se llamaba la “divina argentina”, como la califica el mismo Harold-, comenzó a escribir en un papel algo que Borges le dictaba. El poeta declamaba lentamente unos poemas mientras ella los copiaba.
Narra Harold: “María y Borges parecían vivir un romance momentáneo. En el taxi Borges dijo que se haría con ella en la parte de atrás y Gabriel y yo ocupamos la parte delantera de ese viejo check-car gris con rayas de tigre rojas. Mirándoles por el espejo retrovisor parecían dos novios que recién volvían a encontrarse. Durante el viaje Borges le dictó otro poema. Cuando llegamos a casa de Rigas saludamos a Athinulis, el gato, y de inmediato le pregunté a María qué cosas eran esas que Borges le dictaba. Dijo que Borges había tenido una súbita iluminación y le había pedido servir de amanuense. Que había estado pensando unos sonetos en el avión que lo trajo desde Buenos Aires y no había encontrado a nadie más oportuno, que ella, para hacerlo. Le pedí los papeles, fui a la calle e hice dos copias de los poemas. María se quedaría con el original, que debía devolver a Borges, en marzo, cuando ella fuera a Buenos Aires….Todo esto, hecho a espaldas de Borges, pues no quería que Emir ni los otros conocieran los poemas, por lo cual no pudimos ni leerlos ni comentarlos en ese momento”.
Harold, años más tarde, junto con un experto borgiano, llegaron a la conclusión que los poemas dictados a la bella dama podrían ser borradores mentales borgeanos de los años sesenta, que nunca quiso publicar, pero que usaba como anzuelo, cuando aparecía alguna chica que le interesaba.
Uno de esos poemas, precisamente, fue:
Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
Y que fue el rojo Adán y que
es ahora
todos los hombres y los que
seremos.
Ya somos en la tumba las dos
fechas
del principio y el fin, La caja,
la obscena corrupción y la
mortaja,
los ritos de la muerte y las
endechas.
No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre;
pienso con esperanza en aquel
hombre
que no sabrá quién fui sobre
la tierra.
Bajo el indiferente azul del cielo,
esta meditación es un consuelo.
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