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Félix y su tiempo

Lo que son las cosas: ayer influyente y muy solicitado, hoy cerca del poder solamente.

1212cumple4“Yo soy mi tiempo y mi circunstancia”, decía Ortega y Gasset, frase que probablemente revolotee en la memoria Félix González Canto, ex gobernador de la entidad.

El sábado pasado anduvo cerca de quien que le sucedió en el cargo. Se festejaba el cumpleaños de Roberto Borge Angulo y eran momentos que ni mandados a hacer para que Félix se encontrara nuevamente con las multitudes de otros tiempos. De aquellos días cuando con solo un gesto todos se abalanzaban solícitos preguntando qué es lo que se le ofrecía.

Félix, trata de sobrellevar con la mayor dignidad posible su nuevo estatus en la política del patio. Hoy, el que es asediado, el que es apapachado, al que se le busca para que dé solución a los problemas, es a Roberto Borge Angulo.

En la terminal FBO del aeropuerto de Cozumel de la ciudad de Cozumel, el jet en el que viaja el Jefe del Ejecutivo aterriza alrededor del mediodía. Como suele suceder en estos casos, todo se vuelve una especie de caos ya que de pronto hay gente corriendo por todos lados. De improviso asoma alguien con una camisa roja colgando de una “hombrera”, ya de pronto otro personaje corre hacia la pista con una maleta negra que abraza muy amorosamente entre los brazos, ya de pronto todos se ponen en posición de firmes y no pierden de vista el avión del que descenderá el Jefe del Ejecutivo.

Es la danza de los hombres del gobernador. Es el vaivén clásico que día con día se vive alrededor del personaje que dirige los destinos de la entidad.

Es el traqueteo al que Félix González Canto estaba tan acostumbrado. Al que no le hacía el feo, al que, por el contrario, adoraba.

Ese sábado, con el cielo nublado, con la tormenta a punto de caer sobre la isla de Cozumel, Félix, con una elegante playera roja marca Tommy y un pantalón negro también de muy buena manufactura, era testigo solamente de todo lo que el poder puede mover en un instante. Como para recordarle que ahora estaba ahí de invitado solamente –nuca falta un pelo en la sopa-, uno de los asistentes del Jefe del Ejecutivo le pisó accidentalmente los bien boleados zapatos que portaba.

En la pequeña sala hay varios personajes esperando al Jefe del Ejecutivo. La mayoría lleva documentos bajo el brazo. Unos ya tienen cita, otros van a la aventura. Van a la buena de Dios, a ver si tienen suerte y consiguen exponer el tema que les bulle en la memoria. Hay un salón privado, sin embargo Roberto Borge los atiende a la vista de todos en uno de los mullidos sillones. Es, probablemente, parte fundamental de una estrategia bien planeada. Así, los exponentes sienten la presión de los demás, que ansiosos esperan hacer lo mismo y por lo tanto no se extienden en sus planteamientos.

Félix, entre tanto, hace uso del teléfono. Hoy tiene tiempo suficiente para contestar y hacer llamadas. Antes se manejaba exclusivamente a través de mensajearse con medio mundo.

Por ratos da la impresión de que todavía no le cae el veinte. Como que añora aquellos días cuando las masas lo rodeaban y él, sin ver caras, sino montones de gente, extendía la mano sin saber a ciencia cierta a quién saludaba. Hoy, lo rodean tres o cuatro personas solamente. Alguien cuenta un chiste y, como antaño, se pone colorado, sonríe y sus dos ojos se vuelven un par de rendijas. Su rubor en las mejillas es quizá lo único que se mantiene intacto de aquellos días cuando todos se desvivían por apapacharlo. Cuando mucha gente, cual tapete, se hubiese tendido a su paso. Cuando para alborotar a las féminas no había más que decir: “¿Dónde están mis mujereees?”.

Y lo que es la vida –el tiempo y la circunstancia del que hablaba Ortega y Gasset-, antes de subir al vehículo que los transportaría con rumbo al festejo, Roberto Borge recuerda aquellos días cuando, en plena campaña política –Félix como candidato y él como secretario particular-, corría en busca de los “Mamuts” y la Cocacola que calmaría el gruñido de tripas del casi gobernador y mitigaría un tanto el calorón que ese día registraba el termómetro en el poblado de “Altos de Sevilla”.

Hoy, con toda su cauda de recuerdos, con sus ovaciones –que, lógico no alcanzan el fervor de antes-, cada que Roberto Borge lo presenta ante la gente, Félix siente en pellejo propio la difícil realidad de ser solamente un ex gobernante.

Y también, probablemente –la política es tan sui géneri, tan contrastante-, sienta el cosquilleo de todo novato cuando está ante la oportunidad de asumir un nuevo encargo.

Por de pronto, el sábado lo placearon. Lo subieron al entarimado para que volviera a sentir el calorcillo de los fans, que aún cuando ya no se vuelcan como antes, ahí están, listos para ser enamorados nuevamente.

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Comentarios   

 
0 #1 lambisconessssque chingonnnnn 18-01-2012 01:03
lambisconeesss son estos columnistas con sus notitas para poder comer el dia de mañanaaaa su pozol......
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