|
Hay gente que nos necesita
Antes, me chocaba cuando de pronto en un “alto” alguien se encaramaba en mi vehículo y me “lavaba” el parabrisas.
Y mis buenas razones tenía. Para empezar, en vez de asearlo, te lo dejan hecho una desgracia, que luego, por la noche, con los faros del vehículo que viene en el carril contrario, casi te hace maldecir tu suerte.
No es tan difícil convertirte en un hijo de la “tiznada”. Se vuelve algo normal cuando nos metemos en la inercia del resto de la gente, cuando frecuentemente mandamos por un tubo a quienes tienen necesidad de salir y conquistar la calle día con día. Cuando de pronto, sin voltear a ver a quién nos solicita un favorcillo, con el dedo le indicamos que es inútil, que a nosotros no nos sacará ningún centavo.
En las grandes ciudades como Chetumal, ya nos acostumbramos a ser “conchudos”, a sentir indiferencia por el prójimo. Por más amolado que los veamos, siempre, en el fondo, hay una vocecita que nos dice: “Este tipo es un vivales que te está queriendo ver la cara de…”.
Y nos aferramos en ver bribones por todos lados. Es más, le vemos fachas de pícaro hasta al anciano que, sentado en su una silla porque carece de las dos extremidades inferiores, pide limosna a un costado de un populoso centro comercial. Aún cuando haga hasta lo imposible por “enamorarnos”, aún cuando mueva con frenesí sus dos maracas, a pesar de que, se nota a leguas, hecha para afuera hasta el último chisguete de voz que le queda, ni así consigue aflorarnos tantito el sentimiento.
La insensibilidad, como una especie de chaleco antibalas, llegó para alojarse eternamente en nuestros corazones.
Y eso no es bueno. Hay gente amolada que, de veras, ve en el semejante a una especie de chaleco salvavidas, que a veces, con poca cosa, le evitará que se ahogue en el profundo y vasto océano de su desesperanza.
No es que de pronto me haya convertido en un santo –todavía tengo duda de mi ingreso al paraíso-, sin embargo ya no hago bilis cuando de pronto salta algún chaval y en un dos por tres me “desgracia” el parabrisas.
Lo prefiero ahí, ganándose la vida haciendo malabares y soportando mentadas de madre, a que de pronto, cuchillo o pistola de por medio, me advierta: “¡El dinero o la vida, hijo de tal por cual!”.
Comencé a respetarlos un día en que no tenía un solo peso al alcance de mi mano y antes de que uno de ellos procediera a su semaforera labor, no me dio tiempo de decirle que estaba amolada mi cartera.
Cuando culminó le hice señas de que lo sentía, pero no tenía con qué recompensarlo. El chavo me quedó viendo, sonrió afablemente y tras un ademán que me se sonó al muy juvenil “no hay pedo”, me dijo: “No hay ningún problema, jefe”.
Y me desarmó el muy cabrón. Era un chavo de no más de 18 años. Flaco, con el pelo largo y una gorra que intentaba domarle los cabellos. Con una vestimenta que se nota cualquier día de estos se le pulverizará encima.
Durante todo el trayecto fui pensando cuál sería su vida. Si tendría familia que lo consolara a su llegada con apenas 15 0 20 pesos en el bolsillo. Si tendría un techo en donde guarecerse. Si tendría un padre o una madre que le aconsejara.
La edad me está ablandando el corazón, no tengo duda. Algo bueno traen los años. No solo canas por lo visto.
Desde aquel día intento dejar satisfecha a mi conciencia. No sé si me esté ganando el cielo cuando pongo una moneda en manos de los abandonados por la diosa fortuna, es más, no sé si les sirva de algo los cinco o diez pesos que bien utilizo en ellos. Lo único que sé, es que a cómo están los tiempos, es mejor que te quiten el dinero con una sonrisa, a que te lo arrebaten con mentadas de madre de por medio y con el riesgo de que te priven de la vida si hay alguna defensa de por medio.
Algo me queda claro: no hay que ser tan cicateros.
Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla
Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla
|
Comentarios
Suscripción de noticias RSS para comentarios de esta entrada.