|

La ciudad en donde vivo
Chetumal, me encanta. Aún cuando ya no es la misma de hace algunos años, me sigue seduciendo.
Con sus calles echas caca, con sus docenas de gasolineras desperdigadas por todos lados, con su hilera de casas horribles que las constructoras hacen por centenas, con sus desfondes en sus céntricas avenidas, con su avenida de los “Héroes” viniendo a menos en cuestiones comerciales, Chetumal sigue siendo un sitio en donde puedes vivir sin que los problemas cotidianos terminen por apachurrarte.
Muchas cosas hemos perdido. Cierto. La confianza es una de ellas. Hoy, con el vecino no pasamos del buenos días, cuando antes hacíamos fiesta constantemente para demostrarles el afecto que le teníamos a todos ellos.
Como tenía que ser algún día, llegó gente con otras costumbres y la confianza se esfumó sin darnos cuenta. Le pusimos doble cerrojo a nuestras puertas. Mientras nuestra fe en el prójimo descendía hasta el suelo, elevamos nuestros cercos hasta el cielo, temerosos de que alguien se introduzca y se lleve hasta al perico. Algunos, los que tienen billetes suficientes, recurrieron a la vigilancia privada, los que no, nos allegamos de un perro, el llamado mejor amigo del hombre, que mientras no sea descalabrado por el caco, ladra y ladra, previniéndonos al menos. Muchos, si pudiéramos, traeríamos hasta a un león a nuestras casas, todo con el fin de evitar que los amantes de lo ajeno penetren en nuestra morada y barra hasta con los calzones que están en el tendedero.
En un abrir y cerrar de ojos se acabaron aquellos días cuando podíamos dirimir nuestros problemas platicando. Cuando no había necesidad de llegar a los golpes y menos a los balazos. Cuando en vez de un arma de por medio, había un café o una cerveza. Cuando el “buenos días” o el “buenas noches” nos salía del alma y no solo por la boca. Cuando la noche, sin importar la hora, era completamente nuestra y no de los malosos. Cuando los chicos enamoraban con la Luna por testigo y no como ahora, por las llamadas redes sociales, que, aunque tienen sus riesgos, no son tan peligrosas como la oscuridad, antes tan cómplice y tan acogedora.
Chetumal me gusta, pese a que ya nada es como antes, cuando te acostabas por la noche y al día siguiente, muy por la mañana, te encontrabas con que al lado o enfrente, alguien había sembrado un hermoso árbol. Hoy, ¡snif!, te despiertas y encuentras a pocos metros de tu casa una gasolinera o un Oxxo.
Hemos perdido muchas cosas, de eso no me queda duda alguna. Se han ido, entre otras cosas buenas, aquellos maestros que no solo exponían sus clases, sino que le echaban la mano en el hombro al alumno, lo aconsejaban para que dejaran de ser una bala perdida y procuraran ser algo bueno en esta vida. Aquellos maestros que no dudaban en jalarte las patillas cuando de pronto al chamaco les salían el demonio que todos llevan dentro y causaba algún estropicio en la escuela. Aquellos mentores que en sus ratos libres, en vez de ir a tirar su dinero a las cantinas o reunirse para echar “grilla”, hacían poemas o pintaban algún cuadro que luego maravillaría al resto de la gente.
Todavía hay maestros buenos, claro, pero antes había más. Abundaban como los frutos del ciricote en el mes de mayo. Ahora se cuentan con los dedos de las manos y antes, de tan abundantes, hasta te tropezabas con ellos. El problema es que hoy están un tanto reprimidos. Los padres ya no educan a sus hijos ni quieren que se les eduque, además, para acabarla de amolar, surgió la Comisión de los Derechos Humanos y desde entonces hasta un regaño al alumno puede hacerlos terminar en los juzgados.
Chetumal –no tengo empacho en decirlo-, me sigue gustando pese a todo.
colis2005@yahoo,com.mx
Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla
Periodista |
Comentarios
Suscripción de noticias RSS para comentarios de esta entrada.