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La hermosa vida

“Para tener un corazón saludable hay que comer sano, beber poco o muy poco, controlar el estrés, no fumar, hacer ejercicio moderado y, quien pueda, practicar mucho sexo, mejor si es con una pareja estable”.

Quien recomienda lo anterior es el Josep María Cralps, autor del primer trasplante de corazón con éxito en España. Lo cual, por razones obvias, nos permite deducir que algo sabe al respecto. Después de cierta edad ya nada es lo mismo de antes. Eso lo sabe hasta el más neófito en cuestiones de salud. Es conveniente por lo tanto tomar nuestras debidas precauciones.

“Kid Chocolate” -un boxeador cubano que presumía de haber llevado a su cama a 111 féminas-, en el ocaso de su vida, a los 71 años, solía pararse frente a una fotografía en donde aparecía con cincuenta años menos y se preguntaba: “tu dime, ¿cuándo diablos te volviste viejo?”.

Y sí, hay mucha gente que ni cuenta se da cuando los años ya se le han venido encima. Cristianos que de pronto se paran frente al espejo y descubren de improviso que ya no son el chamaco de antes y que más les vale bajarle al ritmo de sus vidas.

El que les escribe tuvo la mala suerte de enterrar en el presente mes a dos amigos. En el velorio, que es en donde uno de pronto comienza a descubrirle las virtudes a cualquier difunto, la plática siempre lleva a la conclusión de que nadie tiene la vida comprada y que, ni modo, hay que vivir el día a día como si, de plano, después de acostarnos ya no abriremos otra vez los ojos.

No sé si haya gente que esté preparada para morirse. Hasta ahora no tengo el gusto –o el mal gusto-, de conocer a alguien que vea la parca como la gran aliada que un día vendrá y se lo llevará sabrá Dios a qué otros niveles de existencia.

Por el contrario, eso sí, me he topado con cristianos que aman tanto su existencia que tiemblan ante la posibilidad de que, de pronto, el hálito de vida se les extinga y se conviertan en un cliente más de alguno de los dos comerciantes en pompas fúnebres que existen en nuestra ciudad.

A mí me parece que no es para tanto. La huesuda llegará algún día y hay que estar lo mejor preparado para recibirla. Tampoco es conveniente que nos agarren totalmente desprevenido porque en chico lío metemos a nuestros deudos.

“¿Por qué carajos nos morimos si la vida es tan bonita?”, se preguntaba un doliente común y corriente frente al féretro de su amigo, de ídem categoría, por cierto.

Otro, con muchos blasones literarios, el argentino Ernesto Sábato, escribió: “La vida es tan corta y el oficio de vivir tan difícil, que cuando uno empieza a aprenderlo, ya hay que morirse”.

Es curioso, pero cuando le gente se muere es cuando de pronto descubrimos toda su valía. Es cuando de pronto hacemos a un lado nuestra envidia y ponderamos todas sus virtudes. Es más, si podemos inventarle uno que otro milagrillo, se lo adjudicamos, faltaba más. El chiste es que el difunto no venga luego a jalarnos las patas por haberle regateado méritos cuando su vida florecía.

Los cementerios, oh desgracia, están llenos de restos de gente que cuando vivían no obtuvieron el reconocimiento que su obras merecían. Y todo porque, egoístas, no tuvimos el valor de acercarnos y decirles que su vida era una chingonería y que era una lástima que no pudiéramos imitarlo. No nos atrevimos a plantarnos frente a su cara y decirles que compartieran con nosotros esa luz que de ellos emanaba.

No dejo de reconocer que es un acto de verdadera valentía eso de ir y, sin tapujos, decirle al prójimo: “tu vida es tan chingona que brincos diera porque la mía se pareciera a la tuya aunque sea un tantito”.

Reconocer los méritos de otro, por desgracia, es una virtud de la cual la mayoría carecemos. El reconocimiento a los demás es algo que nos ha sido vedado por completo y por eso es que a veces damos la impresión de que en nuestra sociedad somos más los malos que los buenos. Lo cual, por cierto, es una mentira. Hay más buenos que malos. El día en que existan más los malos que los buenos nos llevará el carajo a todos. Entonces no solo lloraremos a nuestros muertos. También por nuestros vivos terminaremos derramando lágrimas de sangre.

En fin, cuidémonos, y ponderemos en vida a quien lo merezca, luego, ya de muerto, como que no tiene tanto chiste.

Es solo cuestión de mandar al diablo a la envidia y al egoísmo, que tanto nos asfixian.

PD.- Por cierto, ahí les dejo esta joya literaria de Eliseo Alberto: “Egoísmo mata promesa, necesidad mata ilusión. Ilusión no mata a nadie: se mata sola”.

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Comentarios (1)

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El verdadero cristiano le da a la muerte el tranquilo valor escrito en la Palabra de Dios: tan solo es un descanso, como irse a dormir. Temerle a lo inevitable es absurdo; tener conciencia de la responsabilidad del significado de vivir -servir a los demás- eso sí es sabiduría. Obviamente, son muy pocos.
Juan Jose , octubre 03, 2011

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