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Ni Dios lo quiera
En Chetumal, económicamente -no es ningún secreto-, estamos atados al gobierno estatal y municipal. En la ciudad capital, quien no es burócrata, es funcionario gubernamental, o, en el mejor de los casos, es proveedor del gobierno del Estado.
Los expertos en cuestiones que tienen que ver con el dinero, aseguran que si llegara el día en que el gobierno del Estado no pueda solventar sus cuentas –ni pensarlo es bueno-, sufriríamos todos.
Para empezar, temblaría don Rufino, el veterano empanadero que lleva años matándoles el hambre a los burócratas de palacio de gobierno, que, puntualmente, dando las 10 de la mañana, comienzan a descolgarse desde las diversas oficinas para medio engañar a las tripas que en esos momentos comienzan con su bulla.
Sufriría el encargado de la cantina “El Marino”, que rayando el medio día, comienza a recibir rápidas visitas de diversos personajes que, sabrá Dios cómo le hacen, se escapan un rato de sus sacrosantas labores y, medio muertos por la “cruda”, piden una cerveza que esté como “pata de muerto” porque de otra forma no sirve para nada más que para empeorarles el asunto.
Protestaría también Juan Xacur, el distinguido librero ubicado a una esquina de palacio de gobierno, que ya no vendería el único libro que semana a semana -¡uf!-, se lleva algún ocasional cliente.
Si el gobierno del Estado, algún día –Dios no lo quiera-, tuviera que cerrar sus arcas, la debacle económica de la ciudad sería catastrófica. Entraría en pánico hasta Andrés, el afanoso bolero que va de la ceca a la meca ofreciendo su trabajo y pregonando que, a diferencia de muchos, es “Aguila” del América en las buenas y en las malas.
Cerrarían sus puertas de inmediato y para siempre varios antros que aún subsisten cercanos al centro de la ciudad, quienes cuando ven llegar la quincena de inmediato llenan sus neveras y traen a dos o tres meseritas de pueblos circunvecinos para que deleiten la pupila de los burócratas a quienes la lumbre aún no les llega a los aparejos y no han tenido necesidad de encerrarse en casa con la “six”, la “caguama” o el “misil” encima de la mesa.
Comenzaría a dar tumbos también alguna que otra agencia de viajes, una o dos en específico, que gracias a sus “palancas”, acaparan la compra de boletos aéreos que a diario necesita adquirir la administración gubernamental.
Porque, valga el comentario, vaya que es negocio –para unos cuantos, claro-, el vender boletos aéreos. Nada más habría que ver lo espectacular que luce la oficina de una de las empresas que monopolizan esta área empresarial.
Los restaurantes, sin distingo alguno, se vaciarían de inmediato. Los funcionarios de medio pelo suspenderían sus desayunos, sus comidas y sus cenas. Y digo de medio pelo, porque los personajes de más arriba no suelen atender sus asuntos frente a la vista de los demás. Ellos, “panes grandes” al fin, citan al interesado en sus oficinas. Ahí, sin las miradas ni las orejas indiscretas que nunca faltan en los sitios públicos –a veces hasta las paredes oyen-, solucionan cualquier desaguisado.
Si un día desapareciera el dinero que generan tanto el gobierno del Estado como el municipio, los sábados en el boulevar –“bulecas” le llaman los chavos de ahora-, ya no serían lo mismo. Ya no habría botellitas de whisky en el asiento de los jóvenes, sino de alguna ínfima marca a la que antes ni caso le hacían. De esos licores que suelen ser populares en manos de los distinguidos integrantes del llamado “escuadrón de la muerte”, que, a propósito –¡aguas!-, ha causado innumerables bajas en tan popular y a la vez tan vituperado segmento social.
Sin el dinero gubernamental ya no habría idas al mercado los domingos por la mañana, cuando muchos chetumaleños todavía pueden darse el lujo de adquirir dos o tres kilitos de pescado para el caldo del medio día. Es más, hasta el gritón personaje que vende periódicos en el “mercado nuevo” tendría que buscar otra forma de llevar el pan a casa.
Si un día el gobierno del Estado o el municipal, no pudieran generar recursos, no sé qué haríamos los chetumaleños. Aparte de sentarnos a rumiar nuestra desgracia, ignoro qué otra solución habría a este gravísimo problema.
De ahí que, lo mejor que podamos desear los que vivimos en la ciudad capital, es que el Altísimo ilumine permanentemente a los encargados de las finanzas, tanto estatales, como municipales, para que nunca se queden sin dinero.
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