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¿Qué sería de la vida sin los amigos?
Estoy endeudado con la vida. Tengo muchas cosas que agradecerle. Una de ellas son las amistades que he ido pepenando por aquí y por allá. Las tengo de todos los olores, colores y sabores. Las hay muy cercanas y también las hay un tanto lejanas (¡snif!, las circunstancias!). Todas sin embargo, de una forma u otra, han influido para que mi existencia sea menos complicada.
Las muy cercanas, a esas que veo casi a diario o con las que tengo algún contacto frecuentemente, son el mejor ejemplo de que todos los días uno aprende algo. Muchas son tan afines, que no necesitan abrir la boca para enviarme el mensaje de que la estoy regando y es momento de darle un giro al rumbo que está tomando mi existencia. A veces con una simple palmada en la espalda puedo intuir que algo me ha salido a pedir de boca y mis amistades no tienen ningún empacho en festejarlo conmigo e incluso sentirse parte esencial de ese gran paso hacia la cima.
Yo les tengo un gran aprecio porque sin ellos todos mis días serían complicados y vapuleado por la vida ya hubiese tirado la toalla en varias ocasiones. Son ellos los que van empujando para que no me retrase en mis proyectos y mis sueños algún día dejen de serlo para convertirse en lisa y llana realidad.
Los lejanos, esos a quienes los kilómetros me impiden contactar físicamente con ellos, también influyen en la forma en que voy reinventando mi vida día con día. La magia de las redes sociales me permite el intercambio epistolar y eso también nutre –como que no-, mis intentos por mejorar constantemente.
Cada uno tiene su propia forma de ver la vida y eso es lo que a mí me fascina porque me permite penetrar a otro mundo en el que de otra forma jamás podría hurgar tan fácilmente. El que me permitan formar parte de su entorno es un lujo que aprecio y al que le doy el justo y real valor que en cada caso tiene.
Tengo amigos muy solemnes y también hay a quienes les vale un cacahuate las formalidades. De ambos me nutro, por supuesto. Todos tienen su respectivo mérito y solo es cuestión del tiempo y la circunstancia para sacar el debido provecho de todos ellos.
Yo no tendría con que pagarles si en un momento dado hubiera que ponerle un precio a todo lo que he recibido por parte de mis amigos. No habría forma de compensar tanto afecto y tantas lecciones de vida que he recibido de todos ellos.
Si acaso hay una forma de retribuirles sus atenciones, es haciendo público –presumir, pues-, el gran afecto que siento por cada uno de ellos.
Entre ese conglomerado de personajes que forman parte de mi existencia, hay alguien llamada Niza Puerto que está festejando la nada fácil tarea de llegar a los tres años escribiendo su columna “La Casa del jabonero”.
Al igual que un servidor, Niza se reinventa día con día.
Ya lo comente en una ocasión: me encanta Niza. Le faltan dos que tres “tornillos”. O lo que es lo mismo: está media “chiflada”. Eso sin embargo es lo que para mí la hace tan interesante y tan diferente al resto de la gente. Es una especie de torbellino que de pronto puede emerger de la nada y barrer con todo lo que encuentre en su camino.
Niza es pasión. Niza es decirle al pan, pan, y al vino, vino. Niza es decirle “hijueputita” al “hijueputita” e “hijueputota” al “hijuputota”. Hay claridad en lo que piensa y en lo que escribe. Como los toreros, se pone frente a las astas del burel y, elevando la vista al tendido, reta al destino y no le importa la gravedad de la cogida.
Me encanta Niza. Me encanta el desmadre que puede armar con apenas dos o tres minutos de plática telefónica. Me encanta su forma de ver la vida y la facilidad que tiene para mandar al diablo la solemnidad y convertir en fiesta cualquier reunión por más pequeña que esta sea.
Yo, a la distancia, le envío un fuerte abrazo y mis mejores deseos –faltaba más-, para que “La Casa del jabonero” tenga una larga y fructífera existencia.
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Periodista |
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