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¡Ay, los hospitales!

Es terrorífico acudir a una clínica hospital en estos tiempos.

Si ya de por si andas medio turulato, quedas peor tantito cuando en las manos tienes el papelito con la ineludible cita médica en el nosocomio.

Todo hospital es un martirio.

Lo ha sido y lo será siempre, pero en estos tiempos, ¡uf, qué les digo!

Estoy en la clínica del ISSSTE y tengo a una doñita sentada frente a mí.

Es menudita y se acurruca en una especie de rebozo del que nada más se distingue su nariz y un enorme par de ojos.

La damita me mira escrupulosamente.

Me escanea.

Me escudriña atentamente con su muy fija y penetrante mirada.

Yo la veo de reojo.

¿Qué enfermedad aquejará a esta damita?, me pregunto, curioso.

Supongo que en su interior, ella pensará lo mismo.

Soy afortunado, he ido solamente por la firma de un documento.

Pero hete aquí que si paso media hora más en el sobrecogedor recinto, terminaré con un váguido que ameritará cama de inmediato.

Aquí todos se observan con ojos y actitud de experimentado detective.

Hurgan, indagan respecto a tus males muy para sus adentros.

En este sitio, hasta el más mínimo ¡cof, cof!, provoca que se enciendan las alarmas.

Los hospitales son muy deprimentes, peor este, que en todos lados se nota  la falta del más mínimo presupuesto.

Se nota en la silla del médico que tiene varios agujeros.

Se adivina en las puertas que tienen puros huecos en donde alguna vez hubieron cerraduras.

Se intuye en el gel antibacterial de la entrada, que al accionarlo pareciera que expulsa puro atole.

De pronto, aleluya, por fin terminan con mi suplicio y me atienden.

“Le falta una firma, me dicen, venga mañana temprano que esté laborando el departamento respectivo”.

Y, pobre muchacho -asistente de la dirección, supongo- que culpa tiene que yo ponga mi cara de perro bulldog y, muy quedito -por si las moscas, pend… no soy- suelte dos o tres blasfemias.

Y es que, de plano, a los hospitales y a los cementerios, se va por mera obligación.

Ya que te digan que regreses al día siguiente, ¡uts!, no tiene m…

De plano, es una vil tortura.

¡Ah, estos tiempos que nos toca vivir!

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