Columnistas

Dios nos libre

cotidianerias2

.

.

.

Ir con el dentista el algo que ni a mi peor enemigo le deseo (si lo tuviera, claro).

Una cita con un dentista, es comenzar a sufrir desde el mismito instante en que la secretaria del galeno anota en un pequeño papelito la hora y el día -¡gulp!-, en que deberás presentarte para que el hombre de la batita blanca hurgue en tu boca impunemente.

Permitir que alguien penetre a la intimidad de tu cavidad bucal es algo que duele enormidades. Y no es un daño físico, sino es esa especie de dolorcillo que deriva cuando alguien invade un espacio en donde poca gente –casi nadie-, ha atisbado y metido la mano como Pedro por su casa.

Hoy los adelantos de la ciencia son enormes. Antes, el cincel y el martillo eran las herramientas de primera mano para este tipo de profesionistas. Hoy las cosas han cambiado tanto, que, con la excepción del dolor de las mandíbulas por tenerlas abiertas durante mucho tiempo, ahora no son tantas las consecuencias de la traqueteada que el galeno hace en el interior de ese órgano tan importante del cuerpo humano.

Pese a todo, yo sufro como un perro de la calle cuando he tenido necesidad de que mis dientes reciban auxilio del galeno.

Para empezar, estar a la espera de que te reciba el dentista, es como estar en la misma antesala del averno, sobre todo cuando escuchas ese insistente y penetrante sonido del aparatito con el cual a otro paciente le van devastando los dientes. A veces escuchas un ¡ay!, y en consecuencia comienzas a temblar como un condenado a muerte. Por dentro todo se me estremece y por ratos dan ganas de descuidar a la secretaria y salir huyendo como alma que lleva el diablo y no parar hasta llegar a un sitio en donde te sientas seguro por completo.

Para colmo, suelen sucederme cosas que no le ocurren al común de los mortales. En días pasados, mientras esperaba la atención del señor dentista, irrumpió una doñita ya entrada en años. Con una mano sostenía la quijada (hinchada como una pelota) y con la otra le hacía señas a la secretaria de que estaba en un momento crítico y era cosa de vida o muerte que el galeno suspendiera lo que estuviera haciendo y saliera para solucionarle su problema. Ver a esa dama en tan terribles condiciones, provocó que me saliera el cobarde que todos llevamos dentro y de pronto fue como si veinte mil escalofríos se posesionaran de mi pobre humanidad. Solté el café que tan amablemente me invitan para no hacer tan larga y desagradable la espera y lo primero que pasó por mi mente fue salir a la calle para no ser testigo de ese episodio tan escalofriante. No tuve tiempo. En ese instante salió el súbdito de Hipócrates y, como si estuviera en el mercado checando el precio de un kilo de tomates, preguntó: “Señora, ¿qué es lo que le sucede?”.

Cuando soy testigo de cosas extremas en la que un médico tiene que intervenir, so pena de que se muera el enfermo, lo primero que siento es que el estómago me juega una mala pasada e intenta expulsar todo lo que llevo dentro. Y no hay nada más feo que sentir unas ganas inmensas de vomitar delante de tanta gente que lamentablemente atestiguará ese instante bochornoso. No es de Dios, me digo mientras recurro al socorrido truco de mantener las mandíbulas bien cerradas y transportar la mente hacía un sitio menos complicado en donde todo sea paz y felicidad.

Tengo suerte de que mi dentista sea un profesional en toda la extensión de la palabra. Es un tipo que cuando mete los dedos a tu boca –espero no estar sufriendo el llamado síndrome de Estocolmo-, si bien no te produce placer –sería el colmo-, no sientes unas ganas inmensas de mentarle la madre como a sus demás colegas.

Cuando de pronto agarra una de esas jeringas enormes con las que te adormecerá esa parte tan delicada de tu humanidad, te consuela diciendo que no dolerá mucho, que apenas un tantito, lo suficiente para que aprendas que cuidar tus dientes es algo imprescindible.

Llevo varias sesiones y eso ha propiciado que ya no sufra tanto como un perro abandonado. Ya sé en qué momento abrir la mandíbula y qué tantos grados ladear la cabeza para que el médico tenga una visión inmejorable. Así, ambos contentos. Ni el sufre ante un cliente primerizo, ni yo tiemblo como en un principio, cuando parecía que en cualquier momento me desvanecería por completo.

De todas formas, acostumbrado o no, ir con el dentista no es algo que uno debería hacer con tanta frecuencia. Por dos cosas: físicamente se sufre una inmensidad y el pago por un desperfecto dental hace que el bolsillo sufra enormemente.

Colis2005@yahoo.com.mx

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba