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El voto de la tribu

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Es domingo siete de junio. Son las 10 de la mañana y el Sol está en todo su apogeo. El día rostiza, achicharra, calcina por completo.

No hay forma de escapar. No hay forma alguna de evadir las inclementes ondas de calor del llamado astro rey que brilla con cruel intensidad en las alturas.

Es día de elecciones. Me extraña que las calles, al menos las que transito con rumbo a mi casilla electoral, no estén tan concurridas. Cruzo frente a una casilla que queda en mi camino y la desolación es completa. Literal: ni una mosca se para por el sitio. Hay más gente, con su fila y demás protocolo respectivo, al lado, con la doña que vende el platillo regional llamado cochinita.

La ausencia de gente en las calles me hace pensar en una repleta Zona Libre, con sus expendios de cerveza atiborrados, con sus propietarios festejando al final de la jornada cuando concurran a la caja registradora y cuenten la espléndida ganancia de ese día. Mi mente también se remite a los balnearios cercanos a la capital. Esos sitios en los que pagas diez pesos y puedes meter comida y bebidas a rajatabla, sin necesidad de que luego, al final de la jornada, al hacer un somero arqueo de lo queda en tu cartera, salgas pensando que te asaltaron sin piedad alguna.

Es notorio que los elementos policiacos están alertas. Los ves por todos lados. Cruzan lentamente en sus vehículos. Sus rostros, pobrecillos, semejan a esos condenados a muerte que saben que son culpables y que ya sienten como las llamas del averno los calcinan por completo. Imagino que detrás de todos los accesorios que se colocan para parecer policías de a de veras, en su interior hay una especie de humeante pollo rostizado.

Me dirijo al sitio en donde desde hace 27 años concurro para hacer valer mi derecho para elegir a mis gobernantes. Cómo ha cambiado el tiempo, pienso para mis adentros. Veo a mis vecinos de siempre, quitándose las lagañas detrás de sus cercos y reparo en el estrago de los años. Ellos me ven y pensarán exactamente lo mismo. Nadie escapa a la pátina del tiempo. Unos menos averiados, otros, -¡plop!-, de plano, totalmente aniquilados. “¿En cuál me estarán encasillando?”, pienso muy para mis adentros cuando noto la mirada de escrutinio de una pareja de personajes que viven a media esquina de mi casa y que llevo un tiempo considerable sin saludarlos.

El rito, junto con lo que me queda de la tribu –los hijos, como los pájaros, vuelan a otros nidos-, procuro efectuarlo rayando las diez de la mañana. De todos los siete de junio de elecciones, que recuerde, este es en el que más solitario me he sentido. Los funcionarios de casilla bostezaban. Esa impresión me dio al menos. Los únicos que estaban con un ojo al gato y otro al garabato eran el grupo de representantes de los partidos políticos en pugna. Cada votante que llegaba era oro molido para ellos. Se relamían los labios cuando notaron que llegaron los tres votos de mi tribu.

Absorto en mis pensamientos, ni cuenta me di cuando me entregaron la boleta y me refugié en la privacidad del espacio en donde debería estampar y hacer válido mi apoyo. Sentí que la frágil tarima se movió de lado a lado. Del otro extremo clarito escuché cuando me dijeron: “con cuidado, papá, está a punto de tirar este changarro”. Era Ana Rosa que hacía exactamente lo mismo que yo del otro lado.

Cuando me quité me fui pensando que a estas elecciones se las había llevado la tiznada. Pensé en Oaxaca, en Guerrero, Michoacán y tantos lugares más en donde no ejerció el llamado sufragio universal debido a la falta de garantías para hacerlo. En Chetumal, en ese sentido, estamos en la gloria y sin embargo pocos son los que atendieron al llamado.

Cuando mi pequeña tribu emprendía la retirada, llegó Rosario Ortiz Yeladaqui, la Oficial Mayor del actual gobierno. La vi llegar en solitario y volví a pensar en cómo han cambiado los tiempos. En otros años –sonrientes, llenos de alborozo-, solían llegar en grupos solidarios. Esta vez cada quién lo hizo por su lado.

Después de ejercer el voto, premié a mi tribu. Se lo tenían más que merecido. No sé por quién fulano habrán votado. Es lo de menos. Intuyo que lo habrán hecho como yo, que lo hice por el menos malo.

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