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El Whatsapp del Nojoch

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Tengo un amigo que es parte importante en el andamiaje de la estructura gubernamental. Su chamba tiene mucho que ver con los chicos de la prensa. Trabajo difícil, arduo, complejo por lo general

Cuando el personaje del que les hablo no era tan importante, solíamos reunirnos a platicar y echarnos el café, la copa o un simple vaso de agua. Luego, cuando le llegó la maldición de la fama, tuvo que lidiar con cuestiones que requerían su atención al cien por ciento y nos dejamos de frecuentar.

Pese a todo nos vemos de vez en cuando. Él, amable como siempre, cada que nos topamos, recuerda que tenemos no una, sino mil reuniones por agendar.

Lo entiendo. El medio es complejo. Tratar con el gremio de comunicadores tiene su chiste. No es cualquier baba de perico. No es un enchílame estas empanadas. Lo sé. Me consta. Se sufre enormidades estando al frente de una oficina de Comunicación Social.

A veces me pregunto cómo es que el “Nojoch” (así le llamaremos dentro del pacto de confidencialidad al que estoy obligado) no se ha deschavetado por completo, porque de que le falta un tornillo, le falta, eso que ni qué (¿A quién no le falta un tornillo en el gremio?).

Suelo ser prudente. Suelo no dar molestias de más. Sé que mientras menos me asome en la oficina de quienes están trabajando, mejor.

“Mucho ayuda quien no estorba”, dice una frase a la cual me acojo con cierta frecuencia. En este sentido, solo como un chispazo de cultura general, cabe mencionar la opinión de los expertos, quienes dicen que este truco no siempre funciona tal cual. Dicen que cuando uno tiene amigos en las altas esferas, frecuentemente hay que recordarles que existes o se corre el riesgo de que se acuerden de ti cuando ya nada tiene remedio, o sea, cuando ya dejaron de orbitar en las grandes alturas. No sé qué tanto haya de cierto en esta cuestión.

En diciembre, obligado por las circunstancias, me reuní con el Nojoch. Lo busqué en el WhatsApp y no lo encontré, cosa que me llamó la atención. Lo localicé en el pin (creo que es el único funcionario gubernamental que utiliza este dinosaúrico medio de comunicación). El hombre checó su agenda (agenda de locos, claro, faltaba más), y acordamos cita diez días después.

Tenía mucho tiempo que no entraba a la oficina del Nojoch. Es una estancia pulcra en donde las chucherías están en donde deben estar. Las cosas importantes, supongo, están también en el discreto sitio en donde deben estar (no pude hallar la caja fuerte por más que hurgué con mi mirada de halcón).

Las paredes (léase egoteca temporal) están llenas de recortes de periódicos. Hay notas, artículos, caricaturas. Obviamente las mentadas de madre no están.

Olía a dinero. Supuse que era debido a que el Nojoch acababa de cobrar su aguinaldo. Obviamente que no le pregunté. Yo no había ido a cuestionarlo. Aspiré profundamente tan sui géneri olor y fui al grano consciente de que el tiempo era oro molido.

Es un lío hablar con el Nojoch en su bunker particular. El teléfono no deja de sonar. Las respuestas a las llamadas telefónicas, varias, se quedaron grabadas en mi memoria: “Sí, lo checo, claro que sí. Cuenta con ello”.

Llegado el momento no me quedé con las ganas y le pregunté por qué aun no lo ha cautivado el WhatsApp.

Él me quedó viendo con rostro triste. Se acomodó los bucles que le llegan hasta la quijada (me pareció ver un piojo saltar). Agarró su teléfono, accionó su Whatsapp. Me miró fijamente, señaló al oído y luego a su teléfono. Escuché muy atento tal y como me lo pidió.¡demonios! Aquello parecía una sinfonía de nunca acabar. El WhatsApp no paraba de sonar.

De pronto entendí a la perfección. El WhatsApp es una cruel tortura para el Nojoch. Imagino la temática (¡clinc, clinc!) de cada mensaje que le envían a través del WhatsApp.

No es fácil encabezar una oficina de Comunicación Social. Entiendo y compadezco a mi amigo el Nojoch.

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