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¿Estás con la pareja adecuada?

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Ahora, nos meteremos, por primera ocasión en un tema dialéctico, y quizá no muy objetivo, los afectos bien creemos son de confianza, de fe, o bien de aprendizaje; amar es un aprendizaje, no cualquiera aprende esos menesteres del arte de amar. No son aprendizajes fáciles, tampoco es un sentimiento cómodo, la capacidad de amar y su satisfacción sólo de logrará en la plenitud del individuo, principiando con amar al prójimo, con coraje, fe y disciplina, pero también con humildad, como sugiere Erich Fromm en El Arte de Amar. Leímos estos días este mensaje en Facebook y quisimos compartirlo para la reflexión del fin de semana:

Durante un seminario, una mujer preguntó: «¿Cómo puedo saber si estoy con la persona adecuada?» El autor entonces se dio cuenta de que había un hombre corpulento sentado a su lado por lo que dijo: «Depende. ¿Es tu pareja?» Con toda seriedad, ella respondió «¿Cómo lo sabes?» Voy a responder a esta pregunta porque las posibilidades son buenas, de que está pasando en su mente, respondió el autor.

Aquí está la respuesta.

Cada relación tiene un ciclo. Al principio, caes perdidamente enamorada. Te anticipas a sus llamadas, quieren estar en contacto, y gustan sus costumbres. Enamorarse no fue difícil. De hecho, fue una experiencia completamente natural y espontánea. No tuviste que hacer nada. Es por eso que se llama «perdidamente enamorados».

Enamorarse es una experiencia pasiva y espontánea. Pero después de unos meses o años de estar juntos, la euforia del amor se desvanece. Es un ciclo natural de todas las relaciones. Poco a poco, las llamadas telefónicas se convierten en una molestia (si es que las hay), el contacto no es siempre bienvenido (si es que lo hay), y las costumbres de su cónyuge, en vez de sentir lindo, te vuelven loc@. Los síntomas de esta etapa varía con cada relación, usted notará una gran diferencia entre la etapa inicial cuando estaban enamorados y una fase mucho más aburrida o con actitudes de enojo incluso.

En este punto, usted y/o su pareja pueden estarse preguntando, «¿Estoy con la persona correcta?» Y al reflexionar sobre la euforia del amor que una vez tuvieron, pudieran empezar a desear esta experiencia con alguien más. Aquí es cuando las relaciones truenan.

La clave para tener éxito en una relación no es encontrar a la persona adecuada, sino aprender a amar a la persona encontrada. La gente culpa a su pareja por su infelicidad y busca fuera lo que le hace falta. Las atenciones extra maritales vienen en todas las formas y tamaños.

La infidelidad es lo más común. Pero a veces la gente se envuelve en el trabajo, en un pasatiempo, en una amistad, televisión en exceso, o sustancias de abuso. Pero la respuesta a este dilema no está fuera de su relación. Se encuentra dentro de él. No estoy diciendo que no se podría enamorar de alguien más. Si podrías y temporalmente se sentiría mejor. Pero estaríamos en la misma situación unos años más tarde.

Debido a que (escucha con atención a esto): La clave para tener éxito en la relación no es encontrar a la persona adecuada, sino aprender a amar a la persona que se encontró.

MANTENER el amor no es una experiencia pasiva o espontánea. Usted tiene que trabajar en ello día tras día. Se necesita tiempo, esfuerzo y energía. Y lo más importante, exige SABIDURÍA. Usted tiene que saber Qué hacer para que funcione. No nos equivoquemos al respecto.

El amor no es un misterio. Hay cosas que usted puede hacer (con o sin su pareja), Así como hay leyes físicas del universo (como la gravedad), también hay leyes para las relaciones. Si usted sabe cómo aplicar estas leyes, los resultados son predecibles. El amor es por lo tanto una «decisión». No es sólo un sentimiento.

Recuerda esto siempre: Dios determina quién entra en tu vida. Depende de ti ¿quién quieres que camine a tu lado, a quién permites que se quede, y a quién quieres dejar ir?

Aquí os dejo un cuento que ilustra todo esto  del libro de José María Doria. Cuentos para aprender a aprender:

LA PAREJA PERFECTA

Érase una vez, una muchacha de nombre Nadia cuya belleza atraía a todos los hombres que la conocían, sin embargo y aún a pesar de ello, se encontraba turbada y sola. Sucedía que Nadia tras los primeras alegrías del encuentro con sus encantadoras parejas, no tardaba en encontrarles defectos tan evidentes que decidía postergar la propia entrega definitiva que ella ansiaba. Y así pasaba el tiempo en el que Nadia, por una u otra razón, no lograba satisfacer su deseo más ferviente: crear una familia feliz y disfrutar de ella.

Tanto sus padres como sus propias amistades, habían celebrado grandes festejos para apoyar su amor con algunos pretendientes, pero ella, al poco tiempo de tratarlos, sentía como su amor se marchitaba para seguir anhelando su ideal de pareja perfecta.

Algunas personas le decían que ello no dependía tanto de las cualidades de sus parejas, sino que el problema estaba en ella. Sin embargo, Nadia no podía creerlo, ya que los defectos que acababa viendo en sus consecutivos compañeros eran tan evidentes que cualquier paso adelante significaría forzar demasiado las cosas.

Un día, oyó hablar de un sabio que, según se decía, a todos conmovía por el consejo y lucidez que encerraban sus palabras. Aquella noche, Nadia, sin poder dormir, decidió acudir a su presencia e interpelar acerca de su propio problema. “Tal vez”, -se decía-, “me pondrá en el camino de ese hombre ideal con el que sueño”.

A la mañana siguiente, llegó hasta él y tras exponerle su mala suerte, le dijo: “Necesito encontrar la pareja perfecta, se dice que vuestras palabras son sabias, y yo tras muchos intentos frustrados, anhelo una solución ¿qué podéis decirme? Supongo que una persona de vuestra fama y cultura, sin duda habrá encontrado la pareja perfecta”.

Aquel anciano, mirando con un brillo intenso en sus ojos, le dijo. “Bueno, te contaré mi historia: A decir verdad, pasé también mi juventud buscando a la mujer perfecta. En Egipto, a orillas del Nilo, encontré a una mujer bella e inteligente, con ojos verde jade, pero desgraciadamente pronto me di cuenta de que era muy inconstante y egoísta. A continuación, viví en Persia y allí conocí una mujer que tenía un alma buena y generosa, pero no teníamos aficiones en común. Y así, una mujer tras otra. Al principio de conocerlas me parecía haber logrado el “gran encuentro”, pero pasado un tiempo, descubría que faltaba algo que mi alma anhelaba”. “Entre una y otra, fueron transcurriendo los años, hasta que, de pronto, un día…” dijo el anciano haciendo una emocionada pausa, “La vi resplandeciente y bella. Allí estaba la mujer que yo había buscado durante toda mi vida… Era inteligente, atractiva, generosa y amable. Lo teníamos todo en común”.

“Y, ¿Qué pasó? ¿Te casaste con ella?” replicó entusiasmada la joven.

“Bueno…” contestó el anciano, “es algo muy paradójico… La unión no pudo llevarse a cabo.” “¿Por qué? ¿Por qué?”, dijo incrédula la muchacha. “Porque al parecer”, dijo el anciano con un gran brillo en sus ojos: “Ella buscaba la pareja perfecta”.

PD.- Quien no conoce nada, no ama nada. Quien no puede hacer nada, no comprende nada. Quien nada comprende, nada vale. Pero quien comprende también ama, observa, ve… Cuanto mayor es el conocimiento inherente a una cosa, más grande es el amor… Quien cree que todas las frutas maduran al mismo tiempo que las frutillas, nada sabe acerca de las uvas. Paracelso (1493-1541), alquimista, médico y astrólogo suizo.

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