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La triste vida

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Uno siempre quisiera escribir cosas agradables. Cosas que alegren un poco la existencia al resto de la gente. Cosas que pinten una sonrisa en el rostro en vez de apachurrarte el sentimiento.

Este lunes estaba plenamente dispuesto para eso. Desde la mañana me preparé para sentarme y teclear algo que, para empezar, a mí me divirtiera.

El transcurrir del día sin embargo me traería una desagradable sorpresa. En la mañana había leído que una persona había asesinada a golpes por un grupo de viciosos. Uno, ya acostumbrado a que sucedan ese tipo de cosas en la otrora tranquila Chetumal, solo le da vuelta a la hoja del periódico para evitar que esos sucesos terminen echándote a perder el día. Y es que en estos casos, recomiendan los que saben de estas cosas, lo mejor es no hurgar tanto en el asunto para evitar que termines escondiéndote debajo de tu cama.

Cuando el suceso no te inmiscuye de alguna forma, ahí queda, se convierte en uno más de tantos homicidios que se registran dentro de esta vorágine de violencia que cada día nos envuelve con más fuerza.

Pero, ¡uf!, cuando de pronto te enteras que la víctima es una persona a quien conoces y a quien aprecias por el don de gentes con el que se conducía en esta vida, el asunto adquiere dimensiones complicadas.

El periódico me dio la nota pero no me dijo quién era el implicado. Fue mejor porque me hubiese echado a perder el día desde muy temprano. Fue hasta muy tarde cuando acudí a las redes sociales que descubrí quién era la persona a la que cobardemente le segaron la existencia.

Desde la primera vez que traté con Carlos Santín Hoare supe que ahí había un buen tipo. Supe que era una persona honesta que había hecho de la música uno de sus mejores vicios. Cantaba y tocaba como pocos.

Lo conocí en un partido de fútbol. Él estaba en la tribuna y nosotros en la cancha sudando la gota gorda. Cando terminó el juego y subimos a las gradas me saludó muy afectuosamente. LO escuché hacer algunos comentarios del encuentro y me pareció una persona muy enterada en cuanto al fútbol se refiere.

Uno no necesita mucho tiempo para saber quién es un buen tipo. Bastan unos pocos minutos para intuir que clase de persona es con la que estás tratando. Lo buena gente se pinta en el trato, se refleja en lo que dice.

Pasamos un rato divertido. Quienes han jugado al fútbol saben que no hay mejor momento para convivir con los compañeros que culminando un partido. Ahí se dice todo. Se aclaran dudas, se liman todo tipo de asperezas.

Y ahí estábamos en las gradas con los dimes y diretes. Y entre todos los que estábamos allí, también se encontraba Carlos, que no desentonaba en lo absoluto ya que sabía cómo decir las cosas sin incomodar a los presentes.

En otra ocasión me lo encontré durante la final del campeonato mexicano entre el América y el Cruz Azul. Recuerdo que aquella fue una tarde memorable. La mayoría de los que estábamos allí eran cruzazulinos.

Él, como siempre, un caballero, departió muy alegremente. Tenía el don de saber hacer amigos. Caí bien tras el primer saludo.

Otra ocasión me lo topé con una guitarra en la mano. Esa virtud no se la sabía. Me dejó con la boca abierta luego de escuchar la forma en que entonaba infinidad de melodías. “Cuando quieras, Nico, cuando quieras…, tú nada más me avisas y yo voy con mi guitarra en mano para amenizar la fiesta”, me dijo mientras me daba un fuerte apretón de manos.

Le tomé mucho afecto desde la primera vez que platicamos. Supe –el instinto-, que era una buena persona y que había que propiciar infinidad de encuentros.

Lamentablemente el buen Carlos ya no está entre nosotros. Manos cobardes irrumpieron su existencia. Gente que no vale un cacahuate terminó con un personaje que llevó alegría a mucha gente.

Al igual que infinidad de personas que lo trataron y lo apreciaron, estoy conmocionado. Triste, dolido, encabronado.

¿Qué más puedo decir?

Hasta siempre, Carlos.

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