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Todavía existen

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La discreción es un detalle que se aprecia, sobre todo en un servidor público.

En estos tiempos, en los que pareciera que eres más importante mientras más conmoción causes a donde fueses, el que exista gente que se conforme con andar con uno o dos chalanes a la espalda, es un gesto que se aprecia en todo lo que vale.

Ya nos hacía falta en la ciudad, por ejemplo, un jefe policiaco que cuando transite por la ciudad, ni sepamos siquiera que el que va allí es el encargado de las fuerzas policiacas.

Acostumbrados a que el anterior jefe de los uniformados armaba todo un arguende cuando se lanzaba a la calle con la legión que lo custodiaba, hoy respiramos tranquilos, sobre todo sabiendo que ya el dinero de nuestros impuestos no se va tanto en proteger al jefe, sino en implementar acciones que beneficien a los ciudadanos.

La discreción es una virtud que vale oro en estos tiempos. El que un alto funcionario no tenga interés en los demás –por la escandalosa forma de transportarse-, sepan por dónde anda, es un detalle que habrá que ponderarle.

Hay otro personaje por allí, que ocupa un lugar importantísimo en el organigrama gubernamental y sin embargo es de agradecer que no ande rodeado de ayudantes, sino al contrario, cuando va a trotar al boulevard, por ejemplo, lo único que lo acompaña es su sombra. La semana pasada, dicho personaje salió del sitio en el que vive y se dirigió a palacio de gobierno sin más achichinque que el teléfono celular, del que a fin de cuentas se vale para mantenerse oliéndole las espaldas a su gente de confianza, como una forma de mantener el control en ellos. En esos momentos Juan Carlos Azueta, un distinguido chetumaleño, manipulaba muestras de orina y de popo como buen químico que es en el lugar que ocupa su laboratorio. Extrañado de ver cruzar frente a su puerta a tan encumbrado personaje sin escolta de por medio, salió y le hizo la pregunta: “¿Te vas solito y caminando a tu oficina? A lo cual el aludido, sonrisa en la boca, le respondió: “¡Claro, si está cerquita…, además caminando digiero mejor la comida!”.

Parece increíble a veces, sobre todo en este mundo en el que vivimos, que haya gente que privilegie la discreción y pase por encima de la notoriedad que significa el andar rodeado con un mundo de gente que la mayoría de las veces en vez de ayudar, perjudica.

Alguien así, es una persona que le ayuda mucho a quien lo puso en ese sitio. Por principio de cuentas, deduzco, su mente no está en la conquista de otros laureles políticos que le permitan competir con los “lobos” que llevan mucho tiempo moviéndose en la política del patio. Tampoco está haciendo como que trabaja y por lo tanto tiene que andar armando aparatosos operativos que lo único que provocan es que los malosos se mueran de la risa, ya que, hasta donde se sabe, ese procedimiento solo pone sobre alerta a los malhechores.

La actitud de estos dos personajes, la forma tan nada ostentosa con la que se manejan, me recuerdan a la ciudad que conocimos. Al sitio aquel en el que uno podía hallar a sus autoridades en la calle y sin ningún obstáculo, acercarse a ellos con toda la confianza del mundo y exponerle sus problemas.

Las cosas han cambiado tanto desde aquellos tiempos, que hoy nos asombramos de encontrarnos de pronto en plena avenida a un personaje de altos vuelos. Antes –ya ha llovido-, eran comunes esos encuentros. Hoy ya no lo son tanto. Antes muchos ciudadanos salían a la calle con sus documentos en la mano y memorizando el tema para en el momento de toparse con equis funcionario, exponerle su problema, sin necesidad de andarle quitando tanto el tiempo.

Ojalá y hubieran muchos más que hicieran de la discreción su mejor aliada. A final de cuentas obtendrían mejores dividendos. Seríamos muchos los que les agradeceríamos ese gran –grandísimo-, detalle.

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